Diez minutos a solasRecuerdo un dibujo de una mujer sentada en el marco de una ventana, esperando el amanecer. Recuerdo el título de la nota que acompañaba ese dibujo: “A la hora del alba”. Y recuerdo el párrafo en el que su autora, una periodista norteamericana, contaba el momento en que había descubierto la importancia de estar un minuto a solas, consigo misma.

Lo raro es que yo recuerde todo esto, puesto que leí ese artículo cuando tenía once o doce años.
Creo que fue esa sensación de aceptación que sentí al leerlo, como cuando alguien te da un buen consejo que sabes que te va a servir para toda la vida, la que hace que aún hoy lo tenga en la memoria.

En el artículo, la autora contaba de sus días de locura: amanecer, ducha rápida y llevar los chicos a la escuela casi sin desayunar; trabajar a destajo hasta el mediodía; comer algo en la oficina sin importar qué; seguir trabajando; reuniones con clientes; pasar a recoger a los chicos por el colegio; horas perdidas en automóviles, colectivos o trenes dependiendo del destino; hacer las compras; hacer la cena; poner ropa a lavar; acostar a los pequeños; lavar los platos; dar de comer al perro; planchar algo de ropa para la nueva jornada; hacer un listado de las cosas del día siguiente… intentar llegar a la cama para dormir un rato y volver a comenzar.

Una mañana, esta mujer –que podría ser cualquiera de nosotras- se despertó quince minutos antes que sonara el despertador. Ese día, en vez de taparse la cabeza con la almohada e intentar dormir unos instantes más, se levantó y fue hasta la ventana de su cuarto.
La abrió de par en par. Afuera aún cantaban los grillos y el rocío de la noche ponía un brillo de nácar sobre el paisaje. A lo lejos, apenas como una línea clara, asomaba el primer atisbo de sol.

Embelesada, se sentó a disfrutar de ese raro momento de quietud. Los niños aún dormían, los trenes no rugían, la humanidad con su constante estruendo la había dejado en paz… solo estaban ella, su alma y ese amanecer.

A partir de ese momento descubrió –y yo en su vivencia-, lo valiosa que puede ser la soledad cuando uno tiene tantas cosas que decirse.
Normalmente pasamos días enteros sin escucharnos, porque si nos habláramos tal vez sólo serían reproches.

Sin embargo, hoy te propongo que lo intentes. En esos diez minutos puedes hablarle a tu yo interior o, mejor aún, escucharlo. Puedes gozar de lo que más te guste hacer en la vida, sea escuchar música, leer un buen libro o mirar las estrellas. Puedes darte un respiro de las preocupaciones. Conectarte con tu mente y tu alma. O simplemente conocerte mejor.

No necesitas hacerlo en un momento especial del día. Sólo necesitas frenar la alocada carrera en que hemos convertido nuestras vidas y decirte: éste es mi momento. Te sentirás extraña, como cuando hablamos con un desconocido. Pero poco a poco encontrarás el placer de disfrutar de tu propia compañía… y valorarte más.

Haz la prueba y cuéntame.

Ana.-

eldivandeana@live.com.ar

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