Tardes de veranoMuchas veces, cuando miro atrás, veo las hermosas tardes de verano en el pueblo en que nací. Muchos de mis tíos vivían en fincas que lindaban, unas con otras, por lo que ir a visitar a mis primos era siempre una aventura difícil de olvidar.

Lo mejor eran las siestas en que los mayores dormían y nosotros salíamos de safari… lo primero era llenar las remeras de frutas para pasar la tarde, luego venía invariablemente la guerra de nueces en el bosque de nogales y, finalmente, tapados de tierra hasta las orejas terminábamos en la profundidad de los canales de riego, riéndonos hasta el hartazgo.

 

Tantas veces me he preguntado dónde fueron esos días. Qué tan lejos nos llevó la vida que ninguno de nosotros volvió a verse. Unos se convirtieron en médicos y abogados en grandes ciudades, otros se mudaron cerca del mar, otros nos quedamos cerca… pero lejos de esas tardes magníficas de alegría y libertad.

Casi como una premonición, una de mis primas –que hacía fácilmente diez años no veía- surgió de la nada ayer y se presentó en casa. Los abrazos quedaron cortos. Las horas fueron pocas para ponernos al día… Y, mientras el mate paseaba por la mesa, volvieron a nosotras los aromas tibios de aquellos veranos infantiles, la fruta secándose al sol, las fogatas con cuentos en las noches, la frescura del agua corriendo por los surcos…
En esos momentos me di cuenta qué fácil es para el olvido hacerse un lugar en nuestros días. La vida te pone kilómetros, ciudades, países, océanos entre tu alma y la de tantos seres queridos… y, sin darte cuenta, tu camino te lleva cada vez más lejos de ellos.

Hoy decidí hacerle el trabajo más pesado al destino y salir a unir lazos que el tiempo había roto. Hoy abracé a mi prima –que es hermana, amiga, tardes de sol… todo junto- y prometí reunirlos a todos de nuevo.

Por supuesto que no serán los mismos, como yo no soy la misma. Pasaron años, dolores, despedidas, soledades, lágrimas que cada uno vertió solo… cuando éramos tantos para compartirlas.

Hoy te propongo esto: volver a andar caminos desandados; construir puentes donde antes se quebraron; hacer una llamada a la persona adecuada; decir “¿te acordás…?”; volver a reír en conjunto; sembrar cercanía donde antes hubo distancias.

Seguramente los encontraré diferentes: mayores, cambiados, más tristes o más serios. Y me verán diferente también. Pero deben saber que adentro mío aún ríe aquella niña de largas trenzas y sé… que en cada uno de ellos está el tesoro querido que nunca debí perder.

Tú también haz esa llamada… y cuéntame. Ana.-

eldivandeana@live.com.ar

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