Senderos junto al marEl mar siempre ha sido mi amigo. Desde pequeña, cuando llegábamos a la ciudad o al pueblo costero elegido por mis padres para las vacaciones, el ritual fue siempre saludar al mar… antes que a nada.

Se convirtió en una presencia importante en mi vida. Algo así como un viejo amigo que siempre está, a pesar del muchísimo tiempo que pueda pasar sin que nos veamos.

Creo que fue a orillas del mar donde aprendí a conectarme con mi interior, donde descubrí que lo más importante es tener claridad sobre tu esencia… y dónde quieres llegar.

De mis recuerdos más queridos rescato los años que pasamos veraneando en Monte Hermoso, una pequeña ciudad enclavada en el sur de la provincia de Buenos Aires.

Monte es una lugar con aromas distintivos donde lo salobre del aire de mar se mezcla con lo especiado de los eucaliptos y de los bosques de pinos. Los médanos cubren grandes extensiones cercanas a la playa y, más allá de todo, más allá de la vista y de los caminos accesibles, un hermoso faro pintado con rayas rojas y blancas otea el horizonte con su mensaje de precaución hacia los pequeños barcos pesqueros.

Fue en sus playas, una tarde de lluvia, donde descubrí el poder sanador de las largas caminatas. Estaba saliendo de mi adolescencia y mientras la familia se quedaba en el tibio refugio de las casas, me abrigué con una campera para protegerme de la lluvia y me lancé a mi primer aventura a solas con el mar.

La playa estaba desierta y empapada, una postal de invierno a pesar que promediaba el verano. El mar, gris como el cielo, se deshacía en olas con una furia tal que sus gotas se mezclaban con la lluvia y llegaban hasta mí.

Recuerdo la sensación de haberme sentido a solas con él. “Somos tú y yo… ¿esto es todo lo que tienes para mostrarme?”. Recuerdo haber emprendido mi primer caminata de kilómetros, descalza, dejando mis huellas grabadas en su arena. Huellas que quedaron para siempre en mi memoria, en la perennidad de mis días… y que sin embargo duraron un suspiro en el tiempo del mar. Lo efímero y lo eterno. Lo superficial y lo primordial.

Desde esos días, las largas caminatas se convirtieron en mi forma de estar a solas con mis pensamientos, con mis lecturas de la realidad, del bien y del mal. Catarsis. Expiación.

Cada vez que vuelvo al mar mi cuerpo lo reconoce y me gusta pensar que él tiene en alguna de sus profundidades, un lejano recuerdo que nos une.

Y el ritual vuelve a comenzar… Yo dejo en sus aguas todo el dolor, el pesar, las cargas que ya no puedo llevar… Y él, con su sabiduría de milenios, me hace ver los nuevos caminos, las alternativas posibles, la infinita posibilidad de seguir transformándose para crecer. Ana.-

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