Bernardo de Monteagudo, un prócer ardiente. Fue uno de los cerebros más brillantes de la construcción de la Patria. Revolucionario feroz y amante adorado por las mujeres. La historia reivindicada del hombre de Chuquisaca.

Por Florencia Canale para Revista Veintitres

Bravío. Bernardo de Monteagudo fue protagonista activo de la Independencia.
Hablar en la actualidad de revisionismo suena a alto anacronismo. A partir de mediados del siglo XX, esa corriente historiográfica iba a la vanguardia de la batalla librada contra la historia de tradición oficial. Sin embargo hoy, la pelea ya está ganada. Los argentinos saben de memoria que la construcción que se llevó a cabo con sus próceres, en principio, fue antojadiza. Se hizo hincapié sobre unos; se desdibujó a otros. Éste fue el caso, junto a algunos más, de Bernardo de Monteagudo. Nombrado poco y nada, o liberado sólo a la estigmatización por su célebre mote de “El incendiario”, el tucumano fue mucho más que eso.

Quien sería una de las mentes más brillantes, sanguinario y sanguíneo de los tiempos de la Revolución, uno de los cerebros y el brazo armado de la independencia americana, tuvo que luchar contra los prejuicios y el armado caprichoso de algunas mentes grises.

Nació en la provincia de Tucumán en el seno de una familia humilde. Pero como solía ocurrir en esos tiempos, sus padres insistieron con que tuviera una buena educación, a pesar de las necesidades. Parecía que el niño era dueño de una inteligencia superior y se inclinaba hacia el mundo de las Letras.

Su madre Catalina Cáceres murió cuando el chico tenía 13 años y su padre volvió a casarse. Bernardo no logró aceptar a la nueva esposa y a la vida que intentaban someterlo y decidió mudarse a Chuquisaca bajo la tutela de un pariente lejano, el cura Troncoso. Y es esta ciudad la que lo marca en profundidad. Repleto de inquietudes, se transforma en un joven guapo e intenso, y estudia en la célebre Universidad St Francis Xavier de Chuquisaca, donde hace buenas migas con Juan José Castelli y Mariano Moreno, destacados participantes de las revueltas de la semana de Mayo.

El primer revolucionario. Monteagudo preparaba su temple de acero y esas ansias libertarias que lo perseguirían hasta el final de sus días. Antes de la bien lograda Revolución de Mayo de 1810, el joven de mirada renegrida y cuerpo atlético había protagonizado el acontecimiento ígneo que luego desembocaría en la conspirativa Buenos Aires. El 25 de mayo pero de 1809 y en Chuquisaca, participó del primer intento de sublevación contra las autoridades virreinales. Se vivían tiempos turbulentos en España. Fernando VII había sido arrasado del trono y una de las ideas –por más extraña que pareciera, hubo patriotas como Manuel Belgrano que intentaron un acercamiento– era que dependiéramos de la infanta Carlota Joaquina, instalada en Río de Janeiro. Dominada la rebelión, el intempestivo joven fue arrestado y condenado a muerte. Pero no parecía haber llegado su hora. Creativo como pocos, inventó una excusa sublime por la que logró escapar. Con la excusa de que tenía una “merienda con unas damas” en un jardincito pegado a la prisión, nadie sabe bien por qué, logró hacerse de la llave de la puerta de salida. Así fue la fuga del valiente –y ya amado por las mujeres– caballero. En una de las proclamas se expresaba de esta manera: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez. Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”.

Ese territorio no era el propicio para Monteagudo. Mejor sería un cambio de aire. Tras un largo viaje llegó a Buenos Aires, ciudad que lo recibiría sin hostilidades. Tuvo participación activa en las reuniones subterráneas de la ciudad, donde se cocinaban las futuras afrentas contra el poder realista. Devino en secretario del doctor Juan José Castelli, primo de Manuel Belgrano. También participó de la Sociedad Patriótica, de la que llegó a ser presidente. Lanzó sus ideas exaltadas en La Gazeta, de la que fue un redactor excelso. En 1812 conoció a don José de San Martín, aquel desconocido que desembarcaba en tierras porteñas convirtiéndose en el artífice de los Granaderos a Caballo y luego el Libertador de los Andes. San Martín llegó con ideas nuevas, de la mano de Carlos Alvear. A pesar del repliegue del Virrey y las nuevas formas de gobierno, los realistas acechaban a sol y a sombra. Muchos comerciantes de origen español sentían cierta incomodidad –por no decir furia– con las ideas patriotas. No querían perder sus privilegios. Estalla la asonada de octubre –derrocan a la Junta de la que Bernardino Rivadavia era secretario– y allí reúnen sus fuerzas el recién llegado de ultramar y el iracundo Monteagudo.

Fue promotor y parte de la Asamblea Constituyente del año 1813 (ver recuadro) y artífice de las medidas allí tomadas. Pero como suele suceder, las ideas empezaron a dividir a los hombres y la que fuera la logia más importante de Buenos Aires –Logia Lautaro– se transformó en una sociedad de dos facciones bien diferenciadas. Sus líderes eran San Martín y Alvear, y detrás de ellos formaban unos y otros. Monteagudo, en ese tiempo, eligió contraer filas detrás del ambicioso Alvear.

Mano derecha. El proyecto americanista del general San Martín coincidía, al fin y al cabo, con la idea ulterior de Monteagudo. Viajó durante unos años, volvió al país y se alistó en las filas del Libertador. Es a partir de este momento que se transforman en confidentes. Lo acompañó en la campaña de Chile con el cargo de Auditor de Guerra y lo siguió hasta Perú como Auditor del Ejército. Llegan y en agosto de 1821, San Martín se proclama Protector del Perú. Aún con el poder en sus manos, el general le entrega el Ministerio de Guerra y Marina, y a los cinco meses el de Estado y Relaciones Exteriores.

Pasa el tiempo y las conspiraciones y traiciones devienen en moneda corriente en el territorio peruano. La disputa sorda y profunda entre San Martín y Simón Bolívar empieza a subir el tono. El pueblo peruano desconfiaba del Libertador. Creían que quería perpetuarse en el poder. Lo acusaban de robo y estafa. San Martín no toleró las infamias y renunció, a pesar de la tristeza e insistencia de su hombre de confianza.

Bernardo de Monteagudo perdió la vida en el medio de un acontecimiento repleto de intrigas. En la tarde del 28 de enero de 1825 caminaba por la calle de Mercaderes vestido de punta en blanco como era su costumbre, hasta la iglesia de La Merced. Espléndido, saludó a los transeúntes. Al llegar a la esquina y frente a la que fuera la Botica de San Juan de Dios, un individuo lo enfrenta y le propina una puñalada en el corazón. El hombre cae y permanece tirado en la calle durante horas. Al anochecer llega la policía y a partir de ahí se urde una serie infinita de historias dominadas por la furia y la traición. Se dijo que el autor del crimen había sido un hombre carcomido por los celos; también se susurró que podría haber sido un sicario de San Martín, u otro pago por Simón Bolívar. Y además, corrió la voz de que la clase acaudalada de Lima despreciaba inmensamente al hombre de Chuquisaca, hasta llegar al asesinato. Nunca se supo.

Los amores ocultos. Fue el hombre más mujeriego durante los albores de la Patria. Tenía un éxito inigualable con el sexo opuesto y se sabía seductor. Era espléndido, morocho y educado. Cuidaba mucho su aspecto físico y vestía con las mejores ropas. Un combo letal. Dicen las malas lenguas que no hubo señorita ni mujer casada que le negara sus favores. Entre las más explosivas y secretas relaciones que tuviera Monteagudo, figura el affaire que vivió con Remedios De Escalada. Eran tiempos turbulentos y de conspiraciones varias. El hombre se enfilaba detrás del enemigo acérrimo de San Martín, don Carlos de Alvear. El general no estaba en Buenos Aires y la facción contraria necesitaba información precisa de sus pasos. Qué mejor que un acercamiento con esposa, que no lo acompañaba en Córdoba donde se reponía por motivos de salud. Y así, a escondidas y cubierta detrás del escudo de las sirvientas y amigas, Remedios vivió unas semanas tórridas junto a “El incendiario”.

También supo darle amor a la limeña Juanita Salguero, a Rosita Campusano antes de que se transformara en la querida oficial de José de San Martín en los años peruanos, y muchas más, que intentaron a todo o nada, permanecer en el anonimato. Las buenas costumbres primaron siempre.
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Opinión

Monteagudo, pionero y mártir de la unión americana
Por Pacho O’Donnell / Presidente del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego”

Monteagudo fue una figura extraordinaria de nuestra historia. Un hombre de pensamiento progresista y americanista que, por no responder al criterio liberal conservador que exige la porteñista historia oficial, no le fue reconocida la categoría de prócer. Un personaje polémico que estuvo presente en los puntos más calientes de la revolución independentista americana. Siendo civil y no militar fue muy importante en los años de lucha contra la dominación española. Fue hombre de una extraordinaria inteligencia y una gran pluma que aún hoy puede leerse con fluidez. Graduado de abogado en la Universidad de Chuquisaca, como la mayoría de los próceres de Mayo, fue un teórico y un ideólogo de notable lucidez. Su compromiso con la emancipación americana data de muy joven, cuando fue encarcelado y casi fusilado por su compromiso con el levantamiento altoperuano de 1809. Fue luego secretario de Castelli en la primera Campaña del Norte y es notoria su participación en la redacción de la poderosa Proclama de Tiahuanaco. Ya en Buenos Aires sus virtudes impresionan a Carlos de Alvear quien lo hace hombre de su confianza. En ese período, el menos interesante de su trayectoria, es la cabeza de la morenista Sociedad Patriótica y factótum de la Asamblea del Año XIII, obediente a la orden de Gran Bretaña a través de la Logia Lautaro de desviar el propósito independentista de la convocatoria. Regresado de su exilio será O’Higgins quien lo considere colaborador indispensable y le encargará la redacción de la proclama independentista de Chile. Será Monteagudo quien gobierno junto con San Martín en Lima, teniendo a su cargo las tareas administrativas y el impulso de medidas muy progresistas, como la reivindicación del derecho de los pueblos originarios, la abolición de la esclavitud, la nacionalidad americanista por encima de la peruana, etc. lo que le valió el odio de la poderosa oligarquía limeña.
Pero la huella más significativa de Monteagudo es su pasión americanista, su certeza de que sólo la Unión Americana, la Patria Grande, garantizaría la felicidad de los habitantes del continente. Tanto es así que en la actualidad, cada vez que se habla de la Celac, de la Unasur, del Mercosur debería recordarse a Monteagudo.

Él fue quien tomó las ideas de San Martín y Bolívar, quienes en la nada misteriosa reunión en Guayaquil dialogaron exclusivamente sobre cómo evitar la anarquía que hacía el campo orégano de los imperios europeos que aspiraban a remplazar a España. Escribió un gran texto sobre el tema por encargo del Libertador venezolano, “Ensayo sobre la necesidad de una federación general entre los estados hispano-americanos y plan de su organización” y recorrió Iberoamérica convocando a una reunión en Panamá con dicho objetivo. Esa obsesión selló su suerte. Como era un hombre de gran atractivo físico algunos quisieron frivolizar su muerte adjudicándola a un asunto de faldas. Pero estoy convencido de que fue un asesinato decidido por la Santa Alianza, la unión de las mayores potencias europeas –absolutistas, tiránicas, retrógradas– para volver atrás el mundo antes de la Revolución Francesa. Entre otras cosas recuperar las colonias perdidas en América. Una decisión política tomada en frío y de indudable eficacia pues al faltar Monteagudo la convocatoria de Panamá fue perdiendo vitalidad hasta fracasar en 1828.
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La Asamblea del Año XIII

La Asamblea del Año XIII fue convocada por el Segundo Triunvirato –modo de gobierno que había llegado al poder un año antes– con el fin de reunir a los representantes de los pueblos emancipados, y para definir el sistema institucional de las Provincias Unidas. Se inauguró el 31 de enero de ese año para redactar la Constitución y proclamar la Independencia. Ninguna de las dos premisas logró llevarse a cabo, pero esta asamblea llegó a importantes resoluciones:

– Dictaron la libertad de vientres de las esclavas.

– Establecieron el Escudo Nacional Argentino.

– Encargaron la composición del Himno Nacional Argentino.

– Libró a los indígenas de la obligación de pagar tributo.

– Pusieron fin al tráfico de esclavos.

– Eliminaron mayorazgos y títulos de nobleza.

– Mandaron a acuñar la moneda nacional.

– Abolieron la Inquisición y la práctica de tortura.

– Aprobaron un estatuto reglamentario que reemplazaba al Triunvirato por un Directorio unipersonal.

Lo innovador de la Asamblea fue dejar de lado el sometimiento bajo el rey de España Fernando VII, por la soberanía nacional. A mediados del año siguiente ya casi no se reunió. Al fin y al cabo el rey español regresó al trono y emprendió un ataque feroz contra los revolucionarios. Hasta que llegó el 9 de julio de 181

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