El club social y deportivo es mucho más que un lugar donde practicar deportes. Y mucho más que un lugar de reunión. Es, también, un espacio de pertenencia y de contención para los vecinos que, históricamente, ha sido configurador de identidades.

La secuencia es de la película Pelota de trapo, de Leopoldo Torres Ríos, filmada en 1948. Varios niños juegan en el río y porfían sobre una eterna diversión. Comeúñas, el líder, interviene:
–Che, muchachos, ¿no les gustaría jugar con una pelota como la que tiene en la vidriera don Jacobo?
–Y a quién no le va a gustar… –responde un pequeño.
–¿Y de dónde la sacamos? –pregunta otro amigo.
–¿Y de dónde sacamos ocho mangos? –plantea el cuarto en referencia al precio de la pelota.
–Ustedes vieron el jarrón que estaba al lado de la pelota. Ese vale tres pesos. Podríamos comprar el jarrón, rifarlo y con lo que sacamos, conseguimos la pelota –reflexiona Comeúñas.
–¿Y de dónde sacamos los tres mangos?
–No necesitamos los tres pesos. Lo que tenemos que hacer son las rifas y venderlas. Con lo que sacamos y con lo que nos queda conseguimos la pelota –insiste Comeúñas.
–¡Dale, dale! –gritan todos.
–Bueno, si todos están conformes podemos hacer la rifa con la imprenta de mano que tiene Alfredito y enseguida empezamos a venderla –finaliza Comeúñas.
Así, con una simpleza que abundaba, el cine argentino registraba algo muy parecido a miles de escenas que, antes o después de Pelota de trapo, dieron nacimiento a los clubes de barrio. Los pibes, los jóvenes, el objetivo, la falta de todo, el ingenio, las rifas. 
La película de Torres Ríos culminó en la fundación real de Sacachispas, el club de fantasía que formaba parte del guión en el filme y que hoy conserva un lugar favorito a la hora de las cargadas después de cualquier partido. “Ustedes no le ganan ni a Sacachispas.”

Fuente: Caras y Caretas

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