Tolerar esos actos hará que tarde o temprano todos terminemos marcados por la ideología, el credo, la función o el trabajo.

Por: Matías Garfunkel

Los escraches a las personas marcan las diferencias sociales y culturales que dividen a nuestra sociedad. Hoy, claramente, representan una forma de sumergirnos en un déjà vu que pueden hasta remontarnos a los años de Mussolini y de Hitler, los años por excelencia de intolerancia hacia el prójimo.

Hay muchas formas de manifestar la bronca, el enojo, las diferencias, pero el escrache no es una de ellas. No sólo perjudica al damnificado sino a la sociedad en su conjunto. No hay nada que celebrar cuando los funcionarios públicos son escrachados, las rutas son cortadas o se realizan manifestaciones, ya sean a favor o en contra de un determinado gobierno, que se sale de los parámetros legales que marca la Carta Magna.

Pierre Rosanvallon, profesor del College de France, es categórico: “Hubo una época en que la vigilancia de los ciudadanos era constructiva, colectiva y política, es decir, preocupada por el bien común. Hoy, esa vigilancia se ha vuelto destructiva, categorial y cada vez más desconectada de lo político.” Es en este sentido que el teórico introduce el concepto de “soberanía social negativa”, es decir el itinerario continuo del poder de control y de obstrucción que la sociedad civil inflige sobre la democracia de mandato con el objetivo de hacer un contrapunto con el Estado en el que entran en juego sus esperanzas y sus objetivos.

De más está decir que hablar de “soberanía social negativa” en relación al escrache parece una causa perdida cuando los voceros de los medios hegemónicos salen con fuerza y multiplicidad a afirmar lo contrario. Ya lo dijo Luis Majul en su columna del diario La Nación, haciendo lo que en psicoanálisis se conoce como inversión de la carga: “La violencia social, la agresión, el escrache y la caza de brujas siempre crecen y se alimentan de abajo hacia arriba. Y nunca lo hacen de un día para el otro. Son, a estas alturas, parte de la cultura kirchnerista. Además, es más difícil de desarmar cuando se trata de un plan deliberado que le dio al Gobierno excelentes resultados electorales y, al mismo tiempo, provocó un golpe durísimo al periodismo y la oposición política. Lo que ahora vuelve insoportable este clima –que Kirchner en su momento y la Presidenta después ayudaron a propiciar– es el enorme desgaste que está sufriendo la administración después de una década de gobernar con una impronta parecida.”

No hay que soslayar la trayectoria de los grupos sociales defensores de los Derechos Humanos. Su manera de aplicar justicia, muchas veces a través de los escraches realizados a miembros de la última dictadura militar, colaboró con el afianzamiento de los principios de la democracia argentina. Sus formas de protesta, nuevas para fines de los ’80 y la década del ’90, fueron, quizás, estructurales para la formación de la futura “soberanía social positiva”. El kirchnerismo fue y es muchas cosas pero para nada es el “inventor” del escrache, como sostiene Julio Bárbaro en su columna aparecida en Clarín el pasado 4 de febrero. Es posible que, merced al kirchnerismo, y seguro gracias a HIJOS, los asesinos ya no caminen, impunes, por la calle. Así lo definen ellos: “‘Escrachar’ es poner en evidencia, revelar en público, hacer aparecer la cara de una persona que pretende pasar desapercibida. Gracias a la impunidad, muchos de los asesinos, torturadores y cómplices están sueltos. Los cruzamos por la calle, son nuestros vecinos. La mayoría todavía usa las armas que nosotros pagamos para nuestra ‘protección’. Las leyes de impunidad lograron que estos criminales, aunque toda persona honesta sabe que deberían estar presos, convivan entre nosotros, muchas veces en el anonimato. Hoy hay solamente algunas pocas caras famosas de genocidas y cómplices que son reconocidas por la gente. Son los casos que fueron más difundidos por la prensa: varios de los miembros de las juntas militares, el ex ministro de Economía Martínez de Hoz, y algunos personajes especialmente famosos por su sadismo, como el capitán Astiz. Esos sujetos no pueden presentarse en público más que en ciertos ambientes especialmente reaccionarios o frívolos. Fuera de allí, el común de la gente reacciona indignada ante su presencia, muchas veces con violencia. Donde son vistos generan rechazo, asco y furia. Pero la mayor parte de esos criminales son desconocidos para la mayoría de la gente, así que gozan de una tranquila impunidad. Con el escrache queremos hacer pública la identidad de estos sujetos: que los compañeros de trabajo conozcan cuál era su oficio en la dictadura, que los vecinos sepan que al lado de su casa vive un torturador, que los reconozcan en la panadería, en el bar, en el almacén. Ya que no hay justicia, por lo menos que haya condena social, que se los señale por la calle como lo que son: criminales. Que no puedan ocupar cargos públicos, que los políticos y empresarios (que en general sí conocen su pasado) deban echarlos o esconderlos para evitar la vergüenza de que se sepa que contratan asesinos, o para no perder votos ni clientes.”

Lejos está el viceministro Kicillof de entrar en las anteriores categorías. Ni que hablar de su familia, su esposa y sus hijos de dos y de cuatro años. Sus “escrachadores” constituyen sin dudas la soberanía social negativa de Rosanvallon.

Tolerar una sociedad con escraches, acostumbrada a los escraches, hará que, tarde o temprano, todos terminemos marcados ya sea por nuestros credos, nuestra función, nuestro trabajo o nuestra ideología. Así empezaron los europeos. Y poco ha cambiado en el mundo a pesar del Holocausto, de la intolerancia racial, ideológica o política. El hombre es hombre y pareciera que la intolerancia la lleva consigo vaya a donde vaya.

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