El atentado a la AMIA fue la expresión más cruda y sangrienta de una lucha sin cuartel que, si bien tiene origen en otras latitudes, supo trasladar su trágico escenario a la Argentina.

Por: Felipe Yapur

El atentado a la AMIA fue la expresión más cruda y sangrienta de una lucha sin cuartel que, si bien tiene origen en otras latitudes, supo trasladar su trágico escenario a la Argentina. Los intentos para que no se develara la identidad de los ejecutores y, sobre todo, que no se los castigara fueron muchos más exitosos que la real búsqueda de la verdad. Esto atravesó a la justicia y también a los gobiernos de turno. Ahora, por primera vez después de casi 20 años, hay un avance en esa causa que parecía estancada. Se expresa en el Memorando de Entendimiento con la República Islámica de Irán, que deberá ser ratificado por el Congreso. Sin embargo, más allá de los discursos grandilocuentes de solidaridad que claman por justicia, la oposición ya anunció que no acompañará con su voto este acuerdo. Hipocresía y/o especulación.

A través de los años, la causa AMIA terminó por transformarse, tanto para el menemismo como para la Alianza y también el resto del arco político, en un acto donde funcionarios y dirigentes desgranaban sus discursos de ocasión y soportaban, de la manera más estoica posible, las fuertes y razonables críticas de los familiares de las víctimas. El kirchnerismo, a pesar de lo que esperan y desean los opositores, terminó por ser el primer gobierno en conseguir que la causa rompa la inercia. Es posible que el acuerdo alcanzado no sea el mejor y hasta que no se parezca al deseado por los familiares pero no se puede negar que es el resultado de la aplicación de una herramienta privilegiada por el gobierno tanto de Néstor Kirchner como el de Cristina Fernández: la negociación política.
El uso eficaz de esta herramienta es lo que permitió abrir una luz de esperanza que hasta no hace mucho no existía. Es un dato importante y para nada despreciable. La recuperación de la política como instrumento de transformación no sólo se aplica a lo que ocurre puertas adentro de un país, también sirve para acordar con Estados lejanos y desconocidos como el iraní.
Con el diario del lunes en la mano, la oposición al gobierno de CFK no se limitó a rechazar lo alcanzado y sobreactuó su crítica y sapiencia sobre un hecho que cuando fueron gobierno, como es el caso de los radicales, ni siquiera se animaron a pensar. Rápidamente algunos acusaron al gobierno nacional de entregar la soberanía y promover la impunidad. Lo afirmaron cuando ni siquiera habían leído el texto del acuerdo y priorizaron redactar sus repudios a través de las redes sociales que buscar una copia.
Así, el FAP a través de su más mediático legislador del GEN, Gerardo Milman, sentenció la supuesta impunidad que exuda el memorando. Se valió de 140 caracteres de Twitter que, para el diputado, son suficientes para desarrollar profundos pensamientos políticos. Luego hizo lo suyo el senador por la misma fuerza, Jaime Linares y ambos anticiparon su voto negativo en el recinto. Estos legisladores fueron mucho más veloces que el propio jefe del espacio político. De todas formas, Hermes Binner dio cuenta del manejo de su cuenta de Twitter y aseguró que el Memorándum de Entendimiento es “un tratado de impunidad” y no explicó por qué. Parece no importar.
El radicalismo no se amilanó ni fue menos que el FAP a quienes aspiran convencer para ser socios en las próximas elecciones. El presidente del bloque de diputados de la UCR, Ricardo Gil Lavedra pontificó: “Si de lo que se trataba era de destrabar el tema hubiera bastado hacer algún acuerdo para que se pudieran tomar las declaraciones indagatorias de los imputados y punto.”
Para el diputado radical todo es más sencillo de lo que parece y punto.
El PRO usó de vocera a la diputada Laura Alonso, quien definió al acuerdo alcanzado como “absurdo” y, sin sonrojarse, afirmó que “habla de la vileza de un gobierno desbocado y sin rumbo”. No lo aclaró pero bien podría estar refiriéndose al gobierno que lidera su jefe político, Mauricio Macri, quien tuvo la ¿ingenuidad? de encomendarle al “Fino” Palacios, uno de los acusados por encubrimiento en el atentado a la AMIA, la organización y armado de la Policía Metropolitana.
En el mismo sentido hubo otras expresiones de legisladores que representan a pequeños bloques y cada vez más identificados con la derecha, como es el caso de Graciela Ocaña y Patricia Bullrich.
Las definiciones de los sectores de la oposición no sólo coinciden en su liviandad, poca extensión y ausencia de profundidad, también parecen haberse esforzado por representar fielmente una de las estrofas de Canción de Harapos, del trovador cubano Silvio Rodríguez, que dice: “Si fácil es abusar, más fácil es condenar y hacer papeles para la historia para que te haga un lugar.”
El rechazo in límine al memorándum, que exuda conceptos de una falsa moral, parece más una mascarada para ocultar hipocresía que a verdadera preocupación.
El miércoles, cuando comience a debatirse en las comisiones del Senado, la indignación opositora volverá a expresarse y alcanzará su clímax cuando las cámaras de televisión se enciendan. Más allá de estas imposturas, el Frente para la Victoria no tendrá inconveniente para otorgarle el respaldo necesario al memorándum. Claro, habría sido mejor que ante tamaña circunstancia todo el arco político hubiera demostrado la generosidad y la humildad necesaria para transformar esta negociación en una política de Estado.
La actitud asumida por la oposición tampoco está alejada, lamentablemente, de su participación en la vieja y repetida estrategia de instaurar un supuesto clima de inestabilidad y zozobra. La exagerada amplificación mediática del escrache al viceministro Axel Kicillof no fue para nada inocente, forma parte de ese plan y se pretendió hacer creer que es una situación generalizada. La Iglesia Católica, a través del cardenal Jorge Bergoglio, aporta su grano de arena al aprovechar el inicio de la cuaresma para convocar a la sociedad a “dar un viraje” y un “cambio” a lo que definió como “realidades destructoras”.
En la historia reciente, el cardenal nunca ocultó su rechazo al gobierno nacional y mucho menos el disfrute que le genera influenciar políticamente entre dirigentes de la oposición. A diferencia de otros años, como en 2008, la oposición y las corporaciones (económicas, eclesiales y mediáticas) no encontraron un detonante que transforme en realidad el deseo destituyente que los desvela. En aquel año, la Resolución 125 fue lo que hizo trastabillar al novísimo gobierno de CFK. Ahora es diferente.
La búsqueda frenética por conseguir esa sensación de inestabilidad es requerida por vastos sectores de la oposición porque es la única forma de aspirar a mejorar sus posibilidades para los próximos comicios parlamentarios y, con ello, un camino menos empinado hacia 2015. Es reiterativo pero no deja de ser cierto, hasta ahora lo único que convence al electorado son los resultados que producen las políticas que lleva adelante el gobierno que, además y fundamentalmente, se enmarcan en un proyecto político que ha transformado el país.

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