El libro de la periodista Mara Laudonia revela aspectos desconocidos de la negociación.

Primavera de 2003. Hacía unos pocos meses que había culminado la invasión de Estados Unidos en Irak: el mundo olía a humo y tenía muy fresca la imagen de la caída de la estatua de Saddam Hussein, y aún estaba prohibido sobrevolar las tierras iraquíes.

En la Argentina, Néstor Kirchner, que había asumido la presidencia con apenas el 22% de los votos, se enfrentaba al desafío de levantar la economía local del desastre provocado por la profunda crisis de 2001. Habían transcurrido diecinueve meses desde aquella imborrable imagen de la declaración de default de Adolfo Rodríguez Saá en el recinto del Congreso y la misma –sobre todo su festejo– permanecía muy fresca en la comunidad internacional. Cuando estalló el default, la deuda pública argentina totalizaba la friolera de 144.453 millones de dólares, un 113% del PBI. Pero la herencia de la deuda en el momento de asunción de Kirchner fue aún mayor debido a las consecuencias de ese incumplimiento y de la salida de la convertibilidad, que incluyeron una solución al “corralito” y al “corralón”, lo que significó una carga tremenda para las cuentas públicas. A diciembre de 2002 la deuda del Estado alcanzó el pico máximo, un 166%, en términos de la producción total de la economía.

Con apenas cuatro meses de mandato, en una de las primeras medidas que marcarían un estilo de gestión, Néstor Kirchner sorprendió hasta a los propios con una agresiva propuesta de reestructuración de la deuda como solución para sacar al país del default: se trataba de la quita más grande en la historia de la reestructuración de la deuda.

El destino quiso que Dubai, un sitio remoto para los argentinos, resultara el lugar del globo seleccionado para semejante anuncio. Las difíciles circunstancias del momento llevaron al país a presentar su oferta en uno de los siete emiratos árabes, una tierra lejana y desconocida situada frente a Irak, justo del otro lado del Golfo Pérsico, pero que aspiraba a disputarles a Nueva York y Londres el título de capital del mundo financiero.

Ese año, Dubai era la ciudad elegida para celebrar la cumbre anual del FMI y el Banco Mundial. En estas cumbres se congregan ministros de finanzas y economía y presidentes de bancos centrales de los 183 países miembro de los organismos multilaterales que nacieron inmediatamente después de la Segunda Guerra, para debatir los asuntos de la arquitectura financiera mundial. Es por eso que atraen también a banqueros, fondos, inversores y analistas internacionales y académicos, que concurren para concretar sus negocios y no perderse los debates de la síntesis del pensamiento económico-financiero mundial que fluye durante esas jornadas. (…)

El faltazo de Prat Gay

Ya se había develado la incógnita de la quita y la sala era aún un hervidero minutos después. Guadagni y Feletti se esmeraban por explicarles a los medios las bondades de la propuesta y el concepto de “sustentabilidad” y de “capacidad de pago”, que la Argentina necesitaba primero crecer y que sólo podría ofrecer lo que podía pagar en el tiempo para no volver a caer. Aún no se conocía la oferta concreta y final, sólo se habían esbozado los lineamientos.

Feletti no pertenecía aún al gobierno. Como titular del Banco Ciudad, respondía a Aníbal Ibarra, quien acababa de ser reelecto jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, venciendo a la fórmula encabezada por Mauricio Macri. Pero fue uno de los primeros economistas que compró y defendió el concepto de sustentabilidad de la deuda argentina. “Nos habían pedido que ayudáramos a explicar y defender la oferta”, sostuvo Feletti, uno de los pocos incondicionales a la propuesta desde sus inicios.

La actitud de estos funcionarios hizo incandescente una ausencia en la platea de los locales: el titular del Banco Central, Alfonso Prat Gay, no estuvo presente en el lanzamiento de la oferta, pese a haber sido parte de la comitiva oficial argentina.

Había pasado un rato ya de la conferencia del equipo económico cuando se pudo a ver a Prat Gay y a su segundo, Pedro Lacoste, tomando un café en las instalaciones del centro de convenciones.

“Esta propuesta no va a tener más de 20% de aceptación”, lanzó ante sus colegas el titular del Banco Central en esos pasillos, cuidándose de no ser interceptado por la prensa.

“El muy guapo no viene, manda a su mujercita que encima se sienta al fondo de todo”, cuentan que soltó un iracundo Lavagna, en privado, frente a algunos funcionarios, hablando del presidente del Central y de su vice, aunque Lacoste sí había ido, si bien llegó tarde, cuando promediaba la presentación.

Lavagna no recordaría esa frase cuando fue entrevistado para este libro, pero no ocultó la bronca que le había producido aquel gesto del titular del Banco Central.

(Cap. 16)

Un demócrata a dos puntas: amigo de los buitres y ex tripulante de la Fragata Libertad

Se presentó ante la embajada de Estados Unidos como “el gaucho” y como amigo de la Argentina. Era un legislador demócrata del estado de Nueva York, Eric Massa, que acudió a ver al entonces embajador Héctor Timerman.

El hombre, que hablaba español, tenía signos de querer buscarle una solución al problema de la Argentina con los acreedores de su país y de mejorar las relaciones en el Congreso. Había crecido en la Argentina, según relató, donde aún tenía parte de su familia y amigos “de toda la vida”.

“Mis recuerdos van más allá del dulce de leche y el mate [tiene uno en su casa]; es mucho más profunda, mi relación es muy emotiva. Hace dos años me diagnosticaron cáncer. Me dieron cuatro meses de vida y dos de mis mejores amigos argentinos vinieron a San Diego para darme coraje”, sostuvo en una entrevista periodística. En ese reportaje reveló su decisión de establecer en la Cámara de Diputados estadounidense un caucus (grupo de legisladores que se unen para promover una causa) de amigos de la Argentina, algo que consideró como “histórico”.

Massa era un marino retirado de Carolina del Sur, de unos cincuenta años, que peleó en Irak, criado en Martínez, cuando su padre era agregado naval de Estados Unidos en Buenos Aires. Antes de recibirse de marino, en 1979, hizo un intercambio estudiantil en la Academia Naval argentina y navegó en la Fragata Libertad durante un año, según confesó. Eran tiempos en los que el capitán de la fragata era un colaborador de Emilio Eduardo Massera, Carlos Vahiginger.

Para los diplomáticos argentinos, Massa asomaba como el contrapeso ante el lobby que desplegaban los fondos buitre congregados en AFTA. “Tener a un diputado propio en el Congreso no puede ser mejor para un embajador”, había expresado Timerman.

Hasta que Massa mostró sus verdaderas uñas. Unos meses después, se presentó con su proyecto ante el Congreso de Estados Unidos, que fue directamente contra los intereses de la Argentina –”Judgment Evading Foreign States” era el nombre del proyecto, aunque fue conocido como “proyecto Massa”–: pedía que a los países de ingreso medio que no pagaran sus deudas se les prohibiera volver a emitir deuda en mercados de Estados Unidos si no abonaban lo reclamado por los holdouts estadounidenses. También exigía que fueran incluidos en este título de evasores de deuda los Estados que estaban en esta situación y pedían créditos a organismos multilaterales. Fue el primero de una serie de proyectos parecidos, y algunos tuvieron eco en 2010.

¿Qué había pasado? El fondo buitre Elliott estaba detrás de ese asombroso cambio. El legislador reconoció a funcionarios argentinos “que necesitaba dinero para su campaña, y que Elliott había aportado mucho”, sostuvo una fuente de Cancillería, que explicaba que el lobby para los políticos estadounidenses es cosa seria a la hora de determinar el rumbo de los proyectos de ley.

La autora

Mara Laudonia escribió el libro con la colaboración de Carlos Arbía. Es licenciada en Economía (UBA) y periodista, con 14 años de experiencia en periodismo económico y financiero. Trabajó en El Cronista y fue corresponsal en Washington DC para el mismo medio, en 2003-2005. Cubrió la Asamblea Anual del FMI y el Banco Mundial, en Dubai, cuando la Argentina presentó la oferta del canje de deuda. Luego trabajó como editora de Economía en Clarín, es columnista en programas de Radio El Mundo y CN23, y jefa de la Sección Economía de la agencia Télam. Entre otros temas, la deuda pública argentina acapara gran parte de su labor periodística.

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