Cuando nos reconocemos, con nuestras cargas afectivas y nuestros modos de funcionamiento, podemos abrir la vía de la posibilidad.

Ernestina Polizzi *

Desde que Daniel Goleman habló sobre la Inteligencia Emocional, muchas empresas adoptaron este término para trabajarlo en sus equipos; contratando personas que ofrecen los servicios de hacer inteligentes emocionalmente a los empleados. La óptica desde la que se toma el concepto de inteligencia emocional, nos lleva a pensar al sujeto como un ser adaptable, que puede aprender a controlar sus emociones. Considero que la adaptación en el sujeto es una imposibilidad lógica, en tanto, si hablamos de la presencia del deseo, éste no es educable, ni adaptable, ni existe en él posibilidad alguna de ser aprendido. El instinto en el cachorro humano está perdido por la palabra, lo que lo implica en una búsqueda incesante del saber y del hacer. Por lo que más que de adaptar, deberíamos hablar de ADOPTAR.

La diferencia radica fundamentalmente en la conceptualización que hacemos del ser humano. Hablar de Inteligencia Emocional, es sinónimo del perro de Pavlov, es decir, que se resume al ser humano, al mismo nivel que un perro, una rata, etc. Este recurso humano sobre un concepto forzado, IE, no tiene en cuenta factores que operan en la constitución de un sujeto y que a esta altura son innegables. Podemos traer un ejemplo simple, para poner en cuestión esta premisa que ha cobrado valor de verdad, comentando que cuando surge en el ser humano la sensación de hambre, no reflexiona sobre si su organismo necesita vitamina B, hierro, grasas, etc, si no que piensa en una milanesa, en una pizza o en un asado. Aquí se puede ver cómo la necesidad y el instinto caen dejando lugar al deseo, a todo aquello que genera sensaciones, y así el alimento pierde su principal propiedad, alimentar.

Entonces, pensar en la posibilidad de manejar y controlar nuestras emociones, es tan ilógico como contradictorio, ya que en ellas lo que acontece, la emoción, no es algo ni medible, ni controlable, ni nacemos con un manual de procedimiento. No hay situaciones iguales, considerando que una misma situación, es vivida por cada persona de forma diferente. Para algunos, lo que es complicado, para otros no lo es tanto. Y esta diferencia radica en las significaciones que cada uno de nosotros ha ido creando y estableciendo en el transcurso de su vida. Un entramado de vivencias y discursos que fuimos adoptando para llegar a crear el propio, del cual podemos hacernos responsables y asumir que así lo hemos decidido o podemos vivir en la queja de una herencia nefasta de la que no podemos despegarnos.

Este es el punto que abre una posibilidad de trabajo sobre el ámbito laboral, la empresa como estructura y sus empleados como subsistemas que operan de forma intrínseca. Cada entramado, cada tejido singular de la historia y de las significaciones que cada sujeto ha ido creando, muestran un punto sobre el cual es posible hacer algo, pero no ofrecen garantías ni absolutos. No hay LA TÉCNICA que solucione todos los problemas, que transforme los afectos en una cuestión de inteligencia, o que proporcione la misma torta cada vez que se ponga en marcha tal receta. Cada propuesta debe contemplar la singularidad, no sólo de los sujetos que forman parte de la empresa en cuestión, sino también, de la misma empresa, es decir, del gran sistema o núcleo compuesto por ciento de partículas y particularidades.

Una emoción, un afecto, un sentimiento, no pueden ser adaptables, ni educables, acontecen tomando al sujeto desde lo más íntimo de su ser. La propuesta se basa en todo caso, en hacer de las premisas una proposición de carácter abierto, en la que cada afecto, deje de ser visto como algo negativo. Si vamos a pensarnos como personas, reconozcamos entonces que los afectos nos afectan y que lo que debemos aprender, en tal caso, es a descubrir nuestros propios entramados, el recorrido psíquico que hacemos una y otra vez cuando surgen ciertas situaciones, trabajando sobre aquellos que nos perjudican para modificarlos y haciéndonos responsables de nuestras elecciones. Debemos dejar de escindirnos en bloques sin sentido que profetizan sobre la razón o el sentimiento, ya que no necesariamente son excluyentes.

Cuando nos reconocemos, con nuestras cargas afectivas y nuestros modos de funcionamiento, podemos abrir la vía de la posibilidad. Ya que no basta que nos digan vos podés, sos genial, sos el mejor, para que lo pongamos en práctica, lo sintamos o hagamos de eso algo sensato. El trabajo es un poco más profundo, bastante más profundo. Como decía bastante seguido mi madre: “Esto no es soplar y hacer botellas”. Aunque hoy en día hay demasiados que venden sus soplidos por botellas, haciendo cursos de 2 meses que consideran los habilitan para “ENTRENAR” personas, sin siquiera contemplarlos como sujetos deseantes, sino ubicándolos al mismo nivel que un perro que saliva cuando escucha la campanita.

*Ernestina Polizzi

Lic. en Psicología

Máster en Community Management:

Empresa 2.0 y Redes Sociales

Especialista en Management Corporativo

Mail: ernestina@pmcestudio.com

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