El sucesor del renunciado Benedicto XVI se hará cargo de una institución que arrastra problemas como una credibilidad golpeada por los escándalos de abuso sexual, una modernidad a la que le cuesta adaptarse y signos de división en sus filas. Pero también contará con activos como la renovada vitalidad del catolicismo en regiones como Africa y Asia, los 50 millones de jóvenes que estudian en instituciones católicas y sus más de 1.200 millones de fieles.

La Iglesia Católica Apostólica Romana fue fundada por el Emperador Romano Constantino en el año 313 d.C. de acuerdo al edicto de Milán. Para aquel entonces Roma competía con otras dos ciudades como epicentro de la cultura cristiana: Antioquia y Alejandría, cada una con un patriarca propio, para acabar esta situación y aprovechando la ventaja que le daba su alianza con Constantino. Cuando el Emperador Constantino convoca el primer concilio de la Iglesia Católica (concilio de Nicea) fue con la finalidad de unificar criterios en torno a la figura de Jesús y su doctrina pero a conveniencia de la Iglesia Católica como religión. Para aquella época existía dentro de los territorios romanos un buen grupo de religiones y cultos aceptados que gozan de mucha popularidad, los cuales fueron adaptados a la religión católica para darle continuidad. Durante casi 2000 la isntitucion fue conformandose en función de su vida interna y su expancion como articuladora de poder, saber y acumulacion material. ¿Como es el mapa de actores y factores de la instucion fundada por Constantino?

La sorpresiva renuncia de Benedicto XVI como cabeza de la Iglesia Católica ha dado pie a todo tipo de especulaciones sobre las reales motivaciones detrás de su casi inédita decisión —hace más de 600 años que un Papa no dejaba en forma anticipada el sillón pontificio—, así como sobre el siempre complejo proceso para escoger a su sucesor.
También parece oportuno preguntarse por el estado en que está la milenaria institución que deberá liderar el próximo Sumo Pontífice, especialmente tras una turbulenta década marcada por los bullados escándalos de abuso sexual, los cuales estallaron con fuerza a nivel mundial durante la última etapa del papado de Juan Pablo II, para luego convertirse en un factor crucial del pontificado de Benedicto XVI. Sin olvidar embarazosas situaciones relacionadas con las finanzas del Vaticano, que han resultado en investigaciones judiciales y cuestionamientos a la falta de transparencia —incluso de probidad— en el manejo de los dineros de la Iglesia.
Esto, además, en medio de apasionadas discusiones de fieles y no creyentes sobre el rol, incluso la relevancia, de la Iglesia en una época de intensa secularización y de nuevas pulsiones de diversa naturaleza asociadas a la modernidad y sus desafíos. Todo lo cual incide en las vocaciones —con importantes diferencias según la región del mundo, cabe señalar— y en la mayor “competencia” que representan para el catolicismo otras religiones, en particular los grupos evangélicos.

Abusos sexuales: golpe a la credibilidad

Sin duda el hecho que ha puesto a la Iglesia en el ojo del huracán por más de una década ha sido la revelación, en muchos países, de abusos sexuales a menores por parte de miembros del clero, que en no pocas ocasiones —según ha reconocido el actual Papa— fueron ignorados, silenciados o minimizados por obispos y otras autoridades eclesiales. Los abusadores en muchas ocasiones fueron protegidos, de distintas maneras, por la jerarquía eclesiástica.

Casos como los de la Iglesia de Estados Unidos, Irlanda o el fallecido líder de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, por nombrar sólo algunos, causaron impacto a nivel mundial y remecieron a los católicos tanto como a la opinión pública en general.
A juicio del periodista uruguayo Washington Uranga, experto en temas de Iglesia, es obvia “la pérdida de credibilidad frente a escándalos como los de la pedofilia… Frente a los cuales, la Iglesia institucional —y yo siempre recalco esto, la institucionalidad o la jerarquía—, en realidad, tiene respuestas muy laxas. Poco sólidas. Siempre salvando la institución y diciendo: bueno, hay algunos sacerdotes que pecaron, hay algunos católicos que cometieron errores”.

Fue precisamente para reconocer esa “laxitud” que Benedicto XVI, en un gesto inédito, ha pedido disculpas públicas a las víctimas de abusos en distintos países —”una mancha” en el rostro de la Iglesia”, los llamó—, así como ha condenado duramente a los victimarios, calificándoles como indignos de ser pastores y como traidores de la confianza de los fieles.
Los abusos “indudablemente han golpeado la credibilidad de la Iglesia, y Benedicto intentó poner fin a esa crisis tanto desde el punto de vista jurídico como espiritual”, dice Frédéric Mounier, corresponsal en Roma del diario francés La Croix. Sin embargo, acota, pese a ello “la Iglesia sigue jugando un rol educativo muy importante. Hay más de 50 millones de jóvenes que se forman en sistemas de enseñanza católicos”.

En efecto, aunque los escándalos por abusos sexuales han significado una catástrofe de relaciones públicas para la Iglesia, y en muchos casos su respuesta ha dejado insatisfechos tanto a los directamente afectados como a la sociedad en general, es difícil determinar hasta qué punto puede decirse que han “debilitado” al catolicismo, que hoy practican más de mil 200 millones de personas en todo el mundo.

Finanzas poco claras: otra fuente de problemas

El estallido del llamado escándalo “Vatileaks”, en que el mayordomo de Benedicto XVI filtró documentos privados que apuntaban a irregularidades en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), también conocido como Banco Vaticano, volvió a levantar suspicacias sobre el manejo históricamente opaco de las finanzas vaticanas. Suspicacias acrecentadas por la destitución en mayo del año pasado del presidente del IOR, Ettore Gotti Tedeschi, en medio de una investigación judicial por posible lavado de dinero.

No contribuyó a despejar las sospechas el hecho de que el cargo permaneciera vacante por ocho meses, y recién ayer fue escogido el nuevo titular del IOR, el alemán Ernst von Freyberg.

“Es una cuestión muy italiana, hay que decirlo. El Papa inició un proceso de modernización del IOR y otras entidades relacionadas y podríamos esperar que el sucesor de Tedeschi acelere los esfuerzos hacia una mayor transparencia”, dice Mounier, quien recuerda que Benedicto ya había logrado que el Vaticano fuera inscrito en la lista blanca de los países europeos que no son sospechosos de lavado de dinero.

“Pero hay camino que recorrer –continúa—. En la iglesia se mueve mucho dinero, pero hay muchas desigualdades. Por ejemplo, en Francia hay numerosas diócesis al borde de la quiebra, mientras que las italianas se benefician de un convenio muy jugoso, en lo financiero, con el Estado italiano. Hay que lograr que la administración financiera se haga en forma más profesional, y no bajo la forma de pequeños arreglos entre amigos”.

“Hay algunas denuncias, que no han sido absolutamente comprobadas, que hablan de desvíos de fondos a instituciones del tipo del Banco Ambrosiano por parte del IOR. Ahí hay complicidades del Estado italiano, de políticos y de grupos de poder que, además, atesoran al Vaticano como parte de su propio patrimonio”, afirma el uruguayo Uranga.
Paradójicamente, las finanzas vaticanas son otra “víctima” de los escándalos de abuso sexual, pues en países como Estados Unidos —cuya Iglesia aporta cerca del 60% de los recursos que recibe Roma anualmente— muchas diócesis han tenido que entregar cuantiosas reparaciones a quienes han entablado demandas judiciales por dichos abusos: unos 3.300 millones de dólares en los últimos 15 años. Esta es una de las razones, sumada a una disminución del 20% en las donaciones de los feligreses, por la cual 8 de las 196 diócesis norteamericanas, que en total reúnen a casi 80 millones de católicos, se han declarado en quiebra desde 2004 a la fecha.

La sequía (relativa) de nuevas vocaciones

Un asunto que ha preocupado a la Iglesia por décadas es la cantidad total de sacerdotes y seminaristas. Sin embargo, en esto hay importantes diferencias según la región del mundo.

De hecho, el panorama global es más bien favorable. Según cifras del Vaticano publicadas en el Anuario Pontificio de 2012 (que considera hasta el 31 de diciembre de 2010) el número total de diáconos, sacerdotes y obispos en el mundo creció en 2010, al igual que la cantidad de fieles, aunque las mujeres en órdenes religiosas continuaron declinando.
Así, los más de 1.200 millones de católicos a nivel mundial de 2010 representaron un aumento del 1,3% respecto del año anterior, manteniendo una proporción estable de 17,5% de la población del planeta, que creció 1,1%.

Según el Vaticano, los sacerdotes aumentaron de 410.593 a 412.236 entre 2009 y 2010, mientras que los obispos pasaron de 5.065 a 5.104. Los seminaristas, en tanto, pasaron de 117.978 a 118.990 en el mismo período.

Con todo, estas cifras esconden variaciones regionales que ponen en evidencia otro desafío que deberá enfrentar el próximo Papa: el declive de vocaciones en los países ricos de Occidente y la mayor relevancia de zonas como América Latina (donde hoy residen 42% de los católicos del mundo) y Africa (15%). En Europa vive hoy el 25% de los católicos, una proporción que viene en descenso hace décadas, y ésta es la región donde también disminuyen las vocaciones sacerdotales.

Es precisamente esa nueva diversidad del mundo católico lo que motiva a quienes plantean que el próximo Papa no debe ser europeo, para que así el catolicismo refleje mejor su nueva composición demográfica.

“Esencialmente, eso pasa en los países occidentales”, dice Frédéric Mounier, del diario La Croix. “Por ejemplo, en Francia nunca había habido tan pocos sacerdotes, y el número de seminaristas es muy bajo. Es frecuente que un cura sea responsable de decenas de parroquias. Es claro que hay un problema de reclutamiento, pero es mucho menos relevante en países de Africa o Asia, donde hay muchas nuevas vocaciones”.

¿Por qué pasa eso en Occidente?

Según el vaticanista francés, “la cuestión del celibato es engañosa. No porque se permita a los sacerdotes vivir en pareja van a ser más numerosos. Creo que la función de sacerdote sufre de una falta de identidad, es una función que exige un compromiso de por vida, que no tiene mucha realización en lo social. Por esas tres razones es difícil que un joven se sienta atraído hacia esa vocación”.

“Esa será una tarea del próximo Papa, que no deberá contentarse de rezar por las vocaciones, sino tomar medidas para impulsarlas”, concluye Mounier.

El experto brasileño en temas eclesiásticos Pedro Ribeiro de Oliveira, profesor en la maestría en Ciencias de la Religión de la PUC de Minas Gerais, discrepa en parte de Mounier, y sostiene que “en rigor, no hay crisis de las vocaciones sacerdotales, pero sí dificultad de encontrar candidatos debido a la norma eclesiástica del celibato. En cualquier caso, la Iglesia Católica de América Latina y el Caribe ya encontró una forma de depender menos de los sacerdotes: son las comunidades eclesiales de base. Su capacidad para movilizar a los agentes de pastoral laicos y seglares suple muy bien la falta de ministros ordenados”.
“Los números no me preocupan”, asegura Ribeiro.

Según el uruguayo Washington Uranga, “la pérdida de influencia no está solamente reflejada en la pérdida de las vocaciones sacerdotales. Este es claramente un problema, pero la dificultad de fondo, a mi modo de ver, estriba en cómo se piensa el ministerio. Porque las vocaciones tienen que ver con cómo se piensa el ministerio ordenado. La Iglesia no resuelve, en este campo, dos temas que son básicos: el acceso de la mujer al sacerdocio —lo que destrabaría, en parte, el problema de las vocaciones— y el otro es el celibato para quienes ya están ordenados”.

Evangélicos: ¿La gran competencia de la Iglesia?

En especial en América Latina, pero también en cierta medida en Africa, los grupos evangélicos, que carecen de una estructura institucional similar a la de la Iglesia Católica, han tenido éxito en aumentar su feligresía e, incluso, en atraer a no pocos católicos desencantados.

“La Iglesia es la última institución universal del mundo que es gobernada en forma centralizada, eso es un desafío para su organización”, dice Mounier. “De cara a los protestantes, y en especial los evangélicos, la Iglesia tiene la ventaja de una unidad que la favorece en lo fundamental. De igual modo frente a la extrema diversidad de formas del Islam, la Iglesia se beneficia de una organización que le permite controlar los riesgos de fundamentalismo y violencia. Esos son activos para la gestión del próximo Papa”, agrega.

—Pero los evangélicos sí son fuertes competidores.

“Sí. Todos sabemos lo fácil que es autoproclamarse como grupo protestante ? evangélico prometiendo el éxito afectivo y profesional a sus seguidores. Esa competencia absolutamente evidente ha llevado a que muchos obispos latinoamericanos o africanos se pregunten ¿por qué nos abandonan nuestros fieles? La razón es que a menudo encuentran en esos grupos mucha más calidez, simplicidad, pero también promesas falaces, y por eso muchos terminan regresando a la Iglesia”, dice Mounier.

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