A una semana de los Oscar, es uno de los grandes candidatos por su filme “Django”. Cómo pasó de acomodador de un cine porno a convertirse en uno de los personajes más controvertidos de Hollywood. “No existe nada más cinematográfico que la violencia”, se defiende.

Por Denise Tempone

Una sola cosa, una única cuestión resonaba en su cabeza una y otra vez. ¿Cómo podía lograr que alguien le pagara por mirar películas? ¿Cómo podía vivir de su pasión? Esa pregunta rondaba por la cabeza de un veinteañero Quentin Tarantino cuando, habiendo abandonado la escuela a los 16 años, necesitaba ganarse la vida sin aburrirse tanto como lo hacía en el colegio. Ya había sido acomodador en un cine porno –”no me dejaban ver las películas, sólo guiar a los clientes con la linterna”, recuerda– y gozaba de cierta tranquilidad económica trabajando para la industria aeronáutica pero no estaba dispuesto a perder sus años de juventud alejado de su forma de arte predilecta.

¿De qué modo un simple mortal, un ser anónimo y ordinario, podía conectarse con Hollywood?

La respuesta llegó un día en el que se entrelazó en una apasionante charla sobre cine con un tal Lance Lawson, dueño de un videoclub de Los Ángeles llamado “Video Archives”. Tras el acalorado debate, Quentin, que era el mejor cliente del lugar, escuchó con sorpresa la descabellada propuesta de este cinéfilo. Lawson le ofreció abandonar su trabajo bien pago por el puesto de encargado de la tienda, a cambio de la módica suma de cuatro dólares la hora. Era poca plata, no parecía buen negocio, pero por alguna razón, todo cerraba. “Ese lugar acabó siendo como mi universidad. No es que aprendiera mucho sobre películas mientras estuve allí pero me permitió dejar de trabajar para ganarme la vida. Trabajando en ese negocio, podía pasarme todo el día hablando sobre cine y recomendando películas. Y me encontraba realmente cómodo, muy cómodo”, recordaría años más tarde.

La mutación de Quentin en el video asombró a todos. En pocos días, este apasionado de los filmes se convirtió en la estrella del lugar. “Llegó un punto en el que apenas entraban por la puerta los clientes me preguntaban: “¿Qué voy a ver hoy, Quentin? Yo no sólo les recomendaba qué ver, sino que además les representaba escenas de memoria”, confiesa. Y las sabía todas. Cuando era chico y se llamaba Quentin Zastoupil lo único que podía hacerlo dejar la TV por un rato, era ir al cine, para seguir viendo imágenes, más grandes, más nítidas. En realidad, era tranquilizador que algo tuviera ese efecto en él. Durante años en el colegio habían querido medicarlo por su hiperactividad. Luego se supo, para tranquilidad de su familia, que la causa de su falta de concentración no era ni más ni menos que una gran falta de interés.

Prontuario de polémicas. Tras el mostrador del videoclub, Quentin conoció a Roger Avary, un joven cineasta de su misma edad que se convertiría en su consejero espiritual durante toda su carrera. Ambos convirtieron el Video Archives en un punto obligado de encuentro a todo cinéfilo de Los Ángeles: programaban ciclos de cine tanto de directores consagrados como de ignotos, agrupados por temáticas originales del estilo “películas de hombres golpeados por mujeres”. Por ese entonces muchos comenzaron a notar su conflictivo temperamento. “Siempre quise ser ese tipo malo con el cuál no te gustaría encontrarte. Mi sueño, cuando era chico, era que me tuvieran miedo. Con el tiempo, lo logré”, explica entre risas. “Lo he visto a las trompadas con tipos que demoraban demasiado en devolver una película”, recuerda su amigo Roger.

Esa violencia latente en él se traduciría en sus películas y en sus temáticas. Para el momento en que saltó a la fama, su estilo estaba pulido. “Perros de la Calle” fue su segunda película aunque le permitió por primera vez llegar a la masividad. El filme fue inspirado en los días que Quentin pasó en prisión tras una acumulación de delitos menores (como no pagar las multas). Quedó tan impresionado con la crudeza de la cárcel que decidió capturar esa agresividad para hacer su marca personal. Eso, mezclado con sus increíbles influencias de géneros como los policiales de los ’70 y de directores como Jean Pierre Melville, Jean Luc Godard y Toshiya Fujita, entre otros, dieron como resultado un cóctel propio e inconfundible.

En “Perros de la calle” hubo controversia por la escena en la que Michael Madsen tortura a una policía con un bate de béisbol y termina cortándole la oreja. Esas imágenes fueron responsables de que en el Festival de Cine de Barcelona, quince personas se retiraran de la función, incluyendo al poco impresionable director de efectos especiales de El Exorcista, Rick Baker. “Considero este tipo de expresiones un halago, significa que son realistas”, declaró Quentin a la salida para el deleite de la prensa que ya intuía en él un personaje complicado. Quedaba claro que lo que Tarantino venía a proponer: un cine incómodo, en el que las balas sonaban fuerte y los desangramientos y amputaciones, parecían reales.

Fuera de cámara, Tarantino también incomodaba. En 1997 fue demandado por el productor hollywoodense Don Murphy de “Los Transformers”, luego de que lo golpeara brutalmente en un restaurante de Los Ángeles. Y más tarde se la agarraría con Guy Ritchie, el ex de Madonna a quien le aseguró: “Tendré que casarme con Elvis para superarte”. Como si esto fuera poco, también sería acusado de provocar la ruptura entre Uma Thurman y Ethan Hawke. Las exigencias físicas a las que sometió a la actriz en “Kill Bill” y los rumores de un supuesto romance entre ellos habrían terminado por separar a una de las parejas emblemáticas de Hollywood.

Pero sin dudas, donde mayor ruido hizo su incursión cinematográfica, fue en las cuestiones raciales. Luego de la polémica de Perros de la calle, la crítica señaló que su siguiente película, Tiempos violentos hacía un uso innecesario y exagerado de la palabra “nigger” (una expresión peyorativa para llamar a los afroamericanos). El término era utilizado 272 veces en el transcurso de las casi dos horas que duraba el filme. Los más rigurosos volvieron a enfurecerse con él cuando en Bastardos sin gloria, usó su imaginación para proponer una especie de cacería nazi que según ellos “metía el dedo en la yaga en heridas históricas nunca bien cerradas”.

Western revisionista. Esta vez, Taratino lo hizo de nuevo. Con su nueva película, Django Unchained, actualmente en cartelera, se mete de lleno en ese punto que según él, Estados Unidos no quiso tratar nunca: la esclavitud. A través del género western, Django cuenta la historia de un esclavo negro (Jamie Foxx) que intenta salvar a su esposa de las garras del cruel propietario de una plantación. La película tiene por objetivo, en sus palabras, “llevar al público de regreso a 1800, en el Sur, antes de la guerra civil estadounidense y mostrar cómo era realmente la vida de los negros”. A pesar de que la estética y la narración ofendieron a líderes como Spike Lee, que denunció que “la esclavitud no podía ser contada en una película de cowboys”, Tarantino decidió mantenerse firme en su propuesta. “La esclavitud fue un holocausto, uno que duró 245 años, no fue menos horrible que el holocausto en la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, nadie quiere realmente tratar este tema, ni los blancos, ni los negros, siempre van a tener algo para criticar”, denunció públicamente. “Es cierto, tenemos un presidente de color y nos sentimos bien por ello. Obama nos ha alejado de nuestro pasado más vergonzoso. Pero todavía queda mucho por hacer. Empezando por reconocer la verdadera historia”, advirtió.

La pregunta es la misma hace décadas: ¿Es realmente necesaria tanta violencia? Para Quentin, la respuesta también se repite. “Vi millones de películas a lo largo de mi vida y llegué a la misma conclusión. No existe nada más cinematográfico que la violencia. Justificada o no, aunque sea horrorosa, no existe nada que nos llegue más y nada menos olvidable que ella”.

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