La Cámara Federal de Apelaciones acaba de condenar a Julio Cirino. Su participación en el terrorismo de Estado fue descubierta en 2008 a raíz de una investigación motorizada por Eduardo Luis Duhalde. Quiénes fueron sus protectores políticos.

El ex agente del Batallón 601, Julio Cirino, acaba de ser condenado a seis años de prisión por su rol en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura. La resolución de la Sala II de la Cámara Federal de Apelaciones –integrada por Horacio Cattani, Martín Irurzun y Eduardo Farah– revirtió así el sobreseimiento del represor –firmado por el juez Ariel Lijo en noviembre de 2012– al sostener que este formó parte de una “asociación ilícita destinada a cometer delitos que pusieron en peligro el orden constitucional”.
El fallo tomó estado público el 21 de febrero, luego de que la agrupación HIJOS difundiera una explosiva revelación: el vínculo de Cirino con Mauricio Macri, a través de la Fundación Pensar, un think tank que reúne a la élite del PRO (ver recuadro).
En efecto, Cirino fue un referente de dicha entidad. Pero ello es hasta un hecho menor, a la luz de su currículum. Lo cierto es que el paso de ese hombre por las catacumbas del terrorismo de Estado, su increíble reciclaje en la era democrática y las circunstancias que propiciaron su arresto constituyen una trama que merece ser contada.

EL ESPÍA QUE VOLVIÓ AL FRÍO. Las elecciones norteamericanas de 2008 habían concitado su atención. “Me inclino por McCain, porque Obama no tiene experiencia”, dijo, con los ojos clavados en la cámara. Y completó su idea: “Si el martes gana el negro, será el inicio de una tragedia histórica.” Así culminó su intervención en el programa De frente, emitido por Telemax el 30 de octubre de ese año. Antes de retirarse, les prometió a los conductores Horacio García Belsunce y Malú Kikuchi regresar la semana siguiente. Una razón de fuerza mayor se lo impediría.
El 6 de noviembre, ese sujeto de cara mofletuda y gesto adusto salió con pantalones cortos de un gimnasio en la avenida Pueyrredón al 1700, cuando fue rodeado por tres hombres que le exhibieron credenciales de la Policía Federal.
Al día siguiente, el entonces secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, anunció su captura, además de puntualizar queCirino fue jefe de un grupo de tareas del Batallón 601 y agente de enlace entre ese organismo y la Embajada de los Estados Unidos.
“Cirino –dijo el funcionario– solía operar bajo la falsa identidad de ‘Jorge Contreras’. Estaría involucrado en desapariciones, no fue ajeno al Plan Cóndor ni a la intervención de los militares argentinos en América Central. Los hechos surgen de documentos desclasificados por el Departamento de Estado norteamericano.” Y agregó: “Tras caer el gobierno de facto, Cirino no se corrió de la escena sino que fue empleado de la SIDE, agregado en la embajada argentina en Washington y, hasta hace sólo unos días, daba conferencias como experto en temas de seguridad.”
El tipo fue detenido por orden del juez Lijo, en el marco de una causa sobre el secuestro de militantes montoneros llegados del exilio. El magistrado se basó en una minuciosa investigación documental efectuada por un equipo del Archivo Nacional de la Memoria (ANM), dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos. Su logro fue que el individuo apodado “Contreras” no estaba mencionado en ninguna denuncia de sobrevivientes o familiares de desaparecidos; su condición de cuadro represivo era un secreto guardado bajo siete llaves. Debido a ello, había retomado su verdadera identidad y no estaba prófugo. Pero el cruce de los documentos norteamericanos con los datos obrantes en su legajo militar permitió unir ese apodo con su nombre real; ello lo llevó de manera irremediable hacia la desgracia.

PLUMA, ESPADA Y PALABRA. Nacido el 4 de diciembre de 1950, Cirino fue alumno del Colegio La Salle. Allí comenzó a frecuentar grupos católicos ligados al sacerdote antisemita Julio Meinvielle. Luego estudió en la Universidad de El Salvador, donde obtuvo una licenciatura en Historia. Corría 1974, y su relación personal con el interventor de la Universidad de Buenos Aires, Alberto Ottalagano –el mismo que solía posar para las fotos haciendo el saludo fascista– le abrió las puertas de la Facultad de Derecho como ayudante de una cátedra. En 1976 publicó el libro Argentina frente a la guerra marxista; en sus páginas expone algunas sutilezas como “combatir a los subversivos con fusilamientos in situ”. En 1977, con una recomendación firmada por un teniente coronel apellidado Menchaca, pudo ingresar al Batallón 601 como PCI (Personal Civil de Inteligencia). Allí su ascenso fue meteórico.
Fue el propio titular de la Jefatura II de Inteligencia, general Carlos Alberto Martínez, quien concretó su nombramiento. Ello no le evitó iniciar su carrera desde abajo. De hecho –según su legajo–, tenía “categoría 14 cuadro C subcuadro C-2”; por lo tanto, era algo así como el último orejón del tarro. Pero el carácter desenvuelto y presumido de ese muchacho de apenas 27 años no tardó en deslumbrar a sus superiores; en especial, al temible teniente coronel Jorge Arias Duval, quien estaba al mando de la llamada Central de Reunión. Ese organismo era el sistema nervioso del Batallón 601 y sus efectivos constituían la élite de la inteligencia militar. Cirino fue integrado allí como asesor universitario, antes de ser puesto al frente del Grupo de Tareas 7 (GT7), que operaba “sobre sectores estudiantiles, obreros y religiosos”. Ello también consta en su legajo, en cuyas páginas él es nombrado alternativamente con su verdadera identidad y la de cobertura.
Haciéndose llamar “Contreras”, mantuvo el 7 de agosto de 1979 una reunión con el consejero político de la embajada americana en Buenos Aires, William Hallman, y el oficial de Seguridad Regional, James Blystone. Sin haber aún cumplido los 30 años, Cirino era ya el agente de enlace entre los diplomáticos norteamericanos y el Batallón 601. El tema tratado –según el informe enviado por los dos diplomáticos a Washington– fue “Tuercas y tornillos de la represión gubernamental a la subversión”, en el que figuran detalles pormenorizados sobre el ejercicio del terrorismo de Estado en Argentina. El tal “Contreras” se presentó como jefe del GT7, y contó que antes encabezaba una sección dedicada a estudiar a “chinos y rusos”. Dijo que el aparato represivo era “un entramado complejo de entes secretos y superpuestos”. Calculaba que, ya en esa época, el 80% de los centros clandestinos había dejado de funcionar. Al respecto, anticipó que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que al mes visitaría el país para verificar denuncias, “no va a encontrar nada, ya que esos sitios fueron remodelados para no ser reconocidos”. En este punto, Cirino se ufanaría por sus frecuentes visitas a las mazmorras de la dictadura. También informó que las “desapariciones bajaron de un modo brusco durante 1978”. Sin embargo, admitía que “existen operaciones sin el permiso o conocimiento superior”. Al respecto, aclaró: “Si se secuestra a la persona buscada, se publicita; si se trae a una ama de casa o a la tía de alguien, se niega.” También dijo que “las personas que demostraban no tener vínculos con la subversión también eran eliminadas, ya que liberarlas implicaba que pudieran reconocer a los interrogadores”. Algunos comandantes –según su relato– creían “que el proceso era más importante que el individuo y que incluso los inocentes deben ser sacrificados a fin de evitar que el sistema peligre”. Y dijo: “Algunos prisioneros eran ejecutados aun luego de cooperar. En cambio, otros eran blanqueados.”
“¿Cuánto puede durar aún el proceso?”, quiso saber Blystone. La respuesta fue: “Es como si me preguntara qué tan largo es un pedazo de hilo.”
En paralelo a su actividad represiva, Cirino siguió impartiendo clases en la UBA y, a partir de 1978, extendió su vocación académica a la Universidad de Mar del Plata, siendo también contratado por la Universidad de Belgrano, la cual tenía un vínculo institucional con el Ejército. En esos ámbitos, además, efectuaba inteligencia sobre los estudiantes –ya se sabe que ello era parte de la función del GT7– y, en el caso de ser secuestrado algún alumno suyo, intervenía en los interrogatorios.

LA MÁSCARA DE HIERRO. A diferencia del grueso de sus camaradas de correrías, el regreso de la democracia no lo privó de tener un altísimo perfil: conferencias, clases magistrales e intervenciones televisivas fueron el combustible de su agenda cotidiana. En 1989 fue contratado en la SIDE por su flamante jefe, Juan Bautista Yofre. Y en 1993 accedió a un rango diplomático: primer secretario de la embajada argentina en Estados Unidos, por expreso pedido del entonces embajador Raúl Granillo Ocampo. Tanto es así que estuvo en Washington hasta 1998. Tras el atentado a las Torres Gemelas, recorrió el mundo como especialista en seguridad y terrorismo. Escribió un libro sobre los “populismos revolucionarios” en América Latina y disertó sobre temas variados, ostentando títulos de periodista, historiador, presidente del Centro de Estudios Hemisféricos Alexis de Tocqueville y director de la agencia Notiar, fundada junto con su amigo Yofre. En 2003 participó de un seminario organizado por el Comando Sur y la Junta Interamericana de Defensa. Pasó a ser asesor del Estado Mayor de la Armada. Se sumó –como ya se sabe– a la Fundación Pensar. Y fue también columnista del programa radial de Malú Kikuchi, La Caja de Pandora. Ese, por cierto, podría ser el título de su biografía.
Tal vez, durante ese fructífero cuarto de siglo, Cirino no haya imaginado la mala jugada que le depararía el destino.
En el anochecer de aquel ya remoto jueves de 2008, cuando uno de los policías le colocó las esposas, él, simplemente, farfulló: “Debe haber un error.”
Pero no obtuvo respuesta.
Luego, un patrullero lo condujo al encuentro de su historia. Un encuentro que ahora tiene su debida condena. «

ANM
la Pesquisa
La participación de Cirino en la represión de la dictadura fue esclarecido en una investigación efectuada por un equipo del Archivo Nacional de la Memoria (ANM).

Una estrella en el cielo de la fundación pensar
El 1 de mayo de 2007 se desarrolló en el auditorio de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales un seminario sobre “Áreas Urbanas fuera de control – La experiencia de Río de Janeiro”. En la ocasión, uno de los conferencistas soltó: “¿Quién controla la calle en Argentina?” Y tras secarse el sudor que le corría por la sien, contestó su propia pregunta: “Grupos piqueteros, cartoneros y criminales.” El rostro algo mofletudo de aquel hombre, entonces, adquirió una expresión ofuscada. Luego, agregaría: “El gobierno perdió el control de la calle. El ciudadano común sufre una indefensión atroz. El Estado no quiere defenderlo, y si usted se defiende por su cuenta, lo meten preso y tiran la llave.” En ese instante, la concurrencia estalló en un cerrado aplauso.
El disertante no era otro que el ex agente del Batallón 601, Julio Alberto Cirino, presentado allí como coordinador de seguridad internacional de la Fundación Pensar, la entidad organizadora del evento.
Poco antes, en su nombre, había recibido al embajador de Colombia y participó en un seminario sobre “Delincuencia, minoridad y violencia”, junto a Eugenio Burzaco y Juan Carlos Blumberg.
Ahora, mientras Cirino asimilaba los aplausos con falsa modestia, su colega de panel, el fiscal general de la Ciudad, Germán Garavano, lo observaba con admiración. Y Mauricio Macri, nada menos que presidente honorario de dicho think tank, se levantó de su asiento para prodigarle un afectuoso abrazo. Luego, ambos se congratularían por sus coincidencias.
La Fundación Pensar –financiada por el Partido Popular de España, a través de José María Aznar– es una suerte de usina ideológica del PRO y, además, un club de amigos muy propicio para motorizar relaciones políticas y negocios. Entre sus integrantes más prestigiosos resaltan Esteban Bullrich, Sergio Bergman, Gabriela Michetti, Luciano Miguens, Federico Pinedo y Horacio Rodríguez Larreta, entre otros.
Ninguno de ellos se pronunció públicamente sobre el reciente traspié judicial del desafortunado Cirino.

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