Una recorrida por los lugares donde se produjeron los principales enfrentamientos muestra intacta la crueldad del conflicto bélico de 1982. El cementerio de Darwin y la lucha de los ex combatientes.

El pueblo de Puerto Argentino, la única y pequeña ciudad de las Islas Malvinas, tiene a sus espaldas un puñado de montañas. Ninguna supera los 700 metros de altura, con rocas que recuerdan a la Sierra de la Ventana, la cadena del sur bonaerense cercana a Bahía Blanca. Aquí, en la Isla Soledad, o East Falkland, esta extensión de la plataforma patagónica argentina no es una cadena montañosa, sino un puñado de montes serranos, cubiertos por la tundra verde amarillenta, y unas bolas de musgos verdes resistentes al viento helado del Atlántico Sur. Ese escenario natural es posiblemente lo último que vieron antes de morir decenas de soldados argentinos entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, durante la guerra. Allí, entre los 20 kilómetros cuadrados que dibujan los montes Harriet, Two Sisters (Dos Hermanas) Longdon, Tumbledown y Wireless Ridge, descansa uno de los escenarios más horrorosos de los últimos combates de la guerra por Malvinas.

Los montes, desde tierra adentro, son la antesala de la costa que baña a Puerto Argentino desde hace siglos. Desde sus alturas, se aprecian con precisión todos los caseríos de la población que, durante 65 días, además de sierras, también estuvo rodeada de tropas argentinas. Una posición estratégica para el control del pueblo, y de la isla. Hoy siguen pobladas de agujeros negros, llenos de agua de lluvia, donde no crece nada, salvo la oscura profundidad que dejaron las bombas que le cayeron encima, especialmente entre el 11 y el 14 de junio de 1982, los últimos y definitivos días del conflicto.

Han pasado casi 31 años desde que esos montes se mancharon de sangre. Pero todavía siguen siendo una postal viva de la crueldad de los combates entre los Regimientos de Infantería 4, 6 y 7 del Ejército Argentino y los comandos 45 y 42 de la Royal Marine, sus cuerpos 2 y 3 de paracaidistas, y el segundo batallón de la Guardia Escocesa del Ejército Británico. Wireless Ridge no supera los 300 metros de altura, y su gris claro se extiende como una hilera invisible a la distancia. Es la formación rocosa más particular de ese escenario de combate. Todavía tiene algunas pertenencias de los conscriptos argentinos, que corrieron en medio de las galerías de piedra que definen la sierra. Fueron el único refugio del fuego pesado de las tropas británicas, y de los misiles lanzados desde la costa. Dos trincheras, que zafaron por pocos metros de los impactos, están íntegramente hechas de piedra. Siguen intactas, con las mantas marrones argentinas en el suelo y algunas flores que dejan los visitantes.

Es mediodía del viernes 15 de marzo de 2013. Hace cuatro días terminó el referéndum donde la mayoría de los kelpers votó a favor de seguir como una de las 14 colonias que tiene Inglaterra en todo el mundo. Pero todavía hay un viejo cañón “argie”, que yace herrumbrado apuntando a espaldas de Puerto Argentino, hacia el oeste. Señala, todavía en pie, hacia Two Sisters y Mount Longdon, que están enfrente, separados por dos kilómetros. Entre ese emplazamiento y las precarias trincheras argentinas hay un pequeño sembradío de balas de fusiles FAL, latas vacías de morteros y municiones británicas. Rastros de una tierra malherida por los agujeros de hasta un metro de diámetro. Impactos de bombas destinadas a los jóvenes argentinos de 19 a 21 años que lograron controlar por dos meses esa zona, incluso Tumbledown. También fue un escarpado objetivo militar, de difícil acceso para el explorador. Hoy tiene cruces en su cima, como único vestigio de la carnicería.

A su lado, Longdon es locación de las más sangrientas anécdotas y también escenario de crímenes de guerra cometidos por soldados británicos. Mario Volpe y Carlos Amato, presidente y vicepresidente del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas (CECIM) de La Plata, sostuvieron la semana pasada, ante el juzgado de Tierra del Fuego, a cargo de la jueza subrogante Mariel Barruto, que allí se violó “el Convenio de Ginebra relativo al trato debido a los prisioneros de guerra”.

Sólo en Longdon, sostiene la demanda, murieron 22 soldados argentinos, pero en total hubo 52 muertos y 97 heridos entre ambos bandos. Una de las víctimas fue el conscripto Daniel Massad, sepultado con “un boquete de por lo menos diez centímetros de diámetro”. “De la herida, cuando nosotros lo íbamos a sepultar en la fosa común, le salía humo de la espalda, eso no podía ser una herida común, es fósforo blanco y por eso pueden haberle pegado con una bengala por la espalda”, recuerda el cabo José Carrizo, que durante la madrugada del 12 de junio “sintió que le pusieron la boca de un fusil en la espalda”. Fue lo último que sintió antes de levantar los brazos “en señal de rendición”, antes que un inglés le hiciera “un gesto con la mano amenazándolo con cortarle el cuello”. Un segundo después, “una corta ráfaga de ametralladora le arrancó parte de masa encefálica y un ojo, lo dieron por muerto y lo abandonaron”, relata la denuncia ante la Justicia Federal, que se suma a las aportadas por los ex soldados Raúl Américo Vallejos y Ricardo José Pinatti a principios de los ’90.

El testimonio de otros soldados, aún vivos, como Carrizo, también son relatados por los libros Viaje al infierno, A dos lados del infierno y Green Eyed Boys. 3 Para and the battle for Mount Longdon, tres obras publicadas en Londres que dan cuenta de las tragedias sufridas por soldados argentinos en Longdon, después de ser derrotados por un enemigo cuyos oficiales coleccionaron las orejas de sus prisioneros.

Ahora también son pruebas judiciales, aunque en terreno sólo queda un sembradío de balas y una cocina militar argentina, que la mayoría de los días tuvo muy poco para calentar.

Muchos de ellos fueron enterrados en fosas NN, y son parte de los 123 argentinos sepultados en las 236 tumbas que tiene el cementerio argentino de Darwin, ubicado 50 kilómetros al oeste de Puerto Argentino. “Soldado Argentino sólo conocido por Dios”, rezan las lápidas de los soldados sin identidad. Sus familiares, cuando vienen, buscan a tientas el cierre de un duelo interminable que empezó a recibir a los primeros muertos en el pueblo de Gose Green, al lado de Darwin. Allí, hubo mil prisioneros argentinos, encerrados en galpones que decían en sus techos la sigla POW (prisoners of war). Los tinglados siguen en pie, ya no son un matadero. Ahora se usan para trasquilar ovejas. Desde la semana pasada, las siglas que tuvieron por tres décadas fueron borradas con pintura negra a causa el referéndum. El color macabro de otro intento británico para esconder los rastros de una guerra abominable, que todavía late en sus campos de batalla, aunque sus habitantes digan lo contrario. «

Causa

Crímenes

Los crímenes de guerra son delitos de lesa humanidad imprescriptibles. José Carrizo, Carlos Connell y Fernando Magno los relataron en la causa que investiga las torturas de superiores argentinos a soldados.

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