La presidente Cristina de Kirchner concluye hoy mismo su viaje Roma, luego de participar de la asunción del papa Francisco, quien además mantuvo un encuentro a solas con el flamante Sumo Pontífice.

Antes de emprender el regreso, la mandataria se reunirá a las 18 (14 hora argentina) con el titular de la Conferencia Episcopal Argentina, José María Arancedo. El religioso es uno de los nombres que suenan para reemplazar a Jorge Bergoglio al frente de la Arquidióceis de Buenos Aires.

Cristina y Arancedo, junto al resto de la cúpula eclesiástica, se reunieron por última vez en diciembre de 2012. En aquella oportunidad dialogaron sobre la reforma del Código Civil, algo que mantiene en alerta a la Iglesia.

Tras la reunión de hoy, Cristina emprenderá el regreso hacia Buenos Aires, previa escala en Marruecos, donde dejó en custodia el Tango 01 para evitar una emboscada de los fondos buitre.

Conforme con la audiencia privada con el Pontífice, que el Gobierno consideró un guiño, la Presidente y parte de su comitiva planea estar de regreso en Olivos en la madrugada del martes y hasta programó agenda para jueves y viernes de esta semana.

Cristina tradujo como un gesto que Bergoglio, con quien el kirchnerismo tuvo ásperas y múltiples tensiones, le haya dedicado más de una hora al encuentro mano a mano, con trato cordial, gestos públicos considerados y la agenda que pretendía la Presidente.

Consiguió, en rigor, poner sobre la mesa una cuestión capital para el Gobierno, la causa Malvinas, que la Casa Rosada pretendió convertir en una cruzada nacional en 2011 pero no tuvo éxito. A su modo, vía Francisco, el kirchnerismo le impone status papal al conflicto.

La audiencia y el tono amable del encuentro -más allá del protocolo y la diplomacia- pueden leerse como un tiro de gracia a los sectores K que eligieron a Bergoglio como enemigo cuando, en palabras de Aníbal Fernández, el obispo que tenía ese nombre ahora es el papa Francisco. La difusión, con delay, de los reproches de Horacio González en una reunión de Carta Abierta son un eco -posiblemente uno de los últimos- del antagonismo a que se enfrentó el kirchenrismo apenas trascendió la entronización de Bergoglio en el Vaticano.

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