Comenzando hoy, la comunidad judia judíos celebra la semana de Pascua cuando rememoran la reconquista de su libertad de la opresión extranjera al tiempo que testimonian la epopeya de un pueblo íntimamente relacionado con la historia espiritual de la humanidad.

Por Hebert Gatto

Si para acercarnos a ella nos atenemos a las fuentes bíblicas, luego del extenso período de los patriarcas y de vivir en el exilio bajo el régimen de esclavitud impuesto por el Faraón egipcio, advino el Éxodo y el arribo del pueblo judío a la tierra prometida a Moisés.

Culminaba así el proceso de génesis de un pueblo que partiendo de Abraham y su familia se transformaba en una nación inmersa en una religiosidad singular instituida mediante su pacto con el Dios único y su obediencia a la ley. Sin perder por ello su carácter de historia humana -de allí su grandeza en todos los planos, con sus alegrías y tristezas, decepciones y rebeldías, encarnadas en la peripecia de hijos, esposos, hermanos y amantes, humildes y poderosos, sin las cuales nuestra especie, no es siquiera concebible.

Por estos días, como hace tres mil años, en las peores condiciones imaginables o en las mejores de ellas, los judíos rememoran y celebran su liberación y la llegada a la “tierra de la leche y la miel”. En el breve lapso de cuarenta años y conducidos por un líder inspirado por el Señor, la historia de este traslado a la esperanza es contada por cuatro libros sagrados: el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio, las cuatro quintas partes de las escrituras fundamentales de Israel. Pero a su vez, una porción insustituible de la literatura fundante del cristianismo y en menor medida del Islam. No únicamente como relato folclórico de la peripecia de un grupo, en tanto tal de enorme valor antropológico, sino como crónica de las primeras muestras de la espiritualidad religiosa de la humanidad a través de una historia contada en el pulido hebreo de un pueblo seminómade en el alba de la civilización.

En este plano poco importa si las cosas ocurrieron como las cuenta la Biblia -la polémica sobre el punto es intensa-, o si estos sucesos heroicos tocados por lo maravilloso resumen el imaginario de un grupo que necesitaba inspirarse en ellos para munirse de recursos simbólicos aptos para resistir el designio de hacerlo desaparecer como pueblo. En lo que configuró el viejo designio antisemita en el que militó gran parte de la civilización occidental, desde la más religiosa a la más cientificista. Pero que, al precio del asesinato de casi la mitad de sus integrantes, encontró la respuesta decidida de hombres y mujeres empeñados a través de los siglos en mantener su identidad pese a adversidades de proporciones colosales.

Hoy ese pueblo ha alcanzado alguno de sus objetivos más anhelados como es la libertad en su tierra, pero no ha alcanzado la paz. Como no la ha conseguido la humanidad en su conjunto. Por eso cada año hay una Pascua, un viaje a la esperanza y a la necesidad de renovar el anhelo de muchos Mesías, uno por cada región y otro por cada creencia, para fundar un mundo distinto donde el hombre deje definitivamente de ser el lobo del hombre. En el entendido que la Tierra Prometida debe ser la patria de la humanidad. Una tierra de paz y buenaventura que todos anhelamos, pero que cada vez sentimos más lejana. Por eso saludemos Pésaj y al pueblo que nos mostró por primera vez de forma indeclinable, esa ilusión universal.

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