La Selección Argentina le cedió la iniciativa a Bolivia y apostó al contraataque. Un esquema conservador que, en definitiva, le salió bien porque consiguió el punto que fue a buscar.

La Selección argentina controló a los demonios que tanto la acechan cada vez que viaja a La Paz, esa obsesión con la altura. Es lo primero que puede decirse del empate con Bolivia, que pasado a valores resultó una cosecha aceptable para el equipo de Alejandro Sabella. Si se observan los antecedentes que se acumulaban en esta ciudad siempre hay margen para que las cosas puedan salir peor.
No será el partido que se recordará de este equipo. Pero hizo un buen trabajo en un choque muy intenso. Se plantó ante condiciones adversas. Puede decirse mucho acerca de lo que es jugar en la altura. Puede decirse que se trata de un complejo argentino, que no pasa nada, que sólo hay que prepararse con anticipación, pero todo el que ha hecho fútbol de alta competencia coincide en la dificultad que significa la práctica deportiva en estas altitudes. Esto no significa, de ninguna manera, una censura a La Paz como sede del fútbol. Es lo que es, hay que enfrentarlo.
La pelota, hay que verla, sale como si estuviera entubada. No se mueve en el vuelo. “No dobla”, dijo Daniel Passarella; “dobla más tarde”, agregó Alejandro Sabella. “Se pierde sensibilidad”, explicaba antes del partido Diego Latorre, que jugó aquí con Boca. Veamos a Lionel Messi, es la prueba científica: ¿alguien lo había visto con problemas para dominar la pelota?
Sabella tomó diferentes medidas para contrarrestar esas condiciones. Le salió bien. La que nos importa acá es la que tiene que ver con el juego. Armó una línea de cinco en el fondo, le cedió la iniciativa a Bolivia y empujó al equipo al contragolpe. En ocasiones aceleró, con Ángel Di María como conductor, pero cuando la oportunidad se le presentó propuso un juego lento, casi dormido, con pases cortos. Un juego para tomar aire.
Ese esquema de cinco defensores dejó al equipo demasiado atrás. Bolivia lo aprovechó como pudo, con todas sus dificultades y limitaciones. El vasco Xavier Askargorta eligió otra cosa para el partido: pobló la mitad de la cancha. Los primeros 25 minutos –hasta el gol de Martins– fueron suyos. Se agigantó en ese tramo del partido la figura del arquero Sergio Romero, que tapó dos pelotas con grandes reflejos.
Fue muy bueno el trabajo de Javier Mascherano para domar ese sector del medio. Bolivia no tuvo más remedio que atacar por los costados, sobre todo por el flanco más débil, el izquierdo, donde Clemente Rodríguez nadó casi siempre en la confusión. La única vez en que no lo hizo fue cuando en posición de ataque sacó el centro para el empate de Ever Banega.
El segundo tiempo fue lo mejor –y tal vez los últimos minutos de la primera parte–porque ya tenía el control de la atmósfera. En el agotamiento se impuso el amor propio. Ya se sabe el esfuerzo que hizo Di María. Pero también Messi lo hizo: no se quedó tomando aire en una punta. Estuvo siempre activo a pesar de sus errores; a pesar de que ya no daba más. No ganó el partido por sí solo y, como es Messi, eso queda en evidencia.
La Selección atraviesa sin turbulencias el camino hacia el Mundial 2014. Lo hace con tanta tranquilidad que el entrenador puede dedicarse a ajustar detalles, que siempre los hay entre la humareda del triunfalismo. Sabella ya ha dicho que no cae en esa trampa. No es poco para lo que se viene.

Fuente: el gráfico

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