Si algo dejaron en claro las revelaciones de Edward Snowden es que los organismos de inteligencia de EE.UU. ejercen un control masivo sobre todo lo que pasa por internet. Brasil es uno de los países que más medidas tomó para revertir una situación que afecta la independencia de los Estados. Los progresos en la Argentina.


Todos los mails van con copia a Obama”, dice la sabiduría digital expresada en las redes sociales desde que se conocieron las revelaciones de Edward Snowden. Poca duda queda sobre el control masivo que los servicios de inteligencia mantienen sobre las comunicaciones globales. El espionaje en tiempos informáticos poco tiene que ver con seguir el itinerario de un sospechoso por calles oscuras o con pincharle el teléfono: ahora se realiza de forma masiva interceptando todas las comunicaciones, algunas privadas y otras públicas, sin levantarse del escritorio. Alcanza con pedírsela a las empresas que gestionan nuestras información, es decir Google, Yahoo, Microsoft, Facebook, telefónicas, distribuidoras de los grandes cables de fibra óptica, etcétera. Estas sufrieron presiones, incentivos u ofertas irresistibles para entregar su información. La frontera entre corporaciones y servicios es borrosa y la información circula en ambos sentidos. ¿De qué otra forma se explica que la NSA espiara a la empresa brasileña Petrobras?

Justamente Brasil es quien más medidas tomó para revertir la situación. Por un lado está por lanzar un sistema propio de correo electrónico encriptado que será de uso obligatorio dentro del Estado. Además, una ley obliga a las empresas extranjeras a almacenar localmente la información sobre ciudadanos brasileños a fin de evitar que entre bajo la legislación de los EE.UU., donde las leyes permiten husmear la información privada de extranjeros. Por último, los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) tendrán su propia fibra óptica a través del Atlántico, el Índico y el Pacífico, lo que les permitirá comunicarse sin pasar por los EE.UU.

Las medidas brasileñas despiertan la esperanza de una Internet algo más balanceada que la actual, aunque no hay certezas a la hora de evitar el espionaje. Según explica Hugo Scolnik, creador del Departamento de Computación (UBA), quien conoce profundamente a sus pares brasileños, “sería bueno sumarse a su plan, pero su política es hacer todo ellos y vender sus productos al resto del mundo”. ¿Entonces? ¿Se está haciendo algo en la Argentina como para mejorar su posición en un escenario difícil?

PROGRAMAS EN FUNCIONAMIENTO

La Argentina lleva adelante varios programas ambiciosos en materia de tecnología. Todos podrían ocupar por sí mismos y con justicia un artículo exclusivo. Vale la pena repasarlos aunque más no sea rápidamente.

Uno de ellos es Argentina Conectada, un plan nacional que prevé varias etapas de tendido de fibra óptica a los que se agregarán servicios. De los 60 mil kilómetros previstos, ya se tendieron cerca de 25 mil, sobre todo en zonas que las empresas ven como poco rentables por la escasa densidad de población que tienen. Allí, el Estado cumple su rol de incluir a rincones alejados del país en la era digital. Uno de sus hitos es la conexión de Tierra del Fuego por medio de un cable submarino para remplazar una lenta conexión que se realizaba sólo por señales de radio o por satélite. Cuando termine, el 98 por ciento de la población podrá acceder a comunicaciones veloces sin importar dónde esté.

Otro de los proyectos es llevado adelante por el Inti junto con la Universidad Nacional del Sur. Se trata del desarrollo de un SoC (System on Chip), cerebros informáticos que permiten el funcionamiento de celulares, tablets y demás dispositivos. El diseño es local y representa entre el 70 por ciento y el 80 del total de la inversión, mientras que la fabricación se realizará en alguna de las empresas extranjeras especializadas. Se trata de un proyecto muy ambicioso y como tal recibe algunas críticas por la cantidad de inversión que se necesita para alcanzar un producto competitivo.

La doctora en Electrónica Liliana Fraigi, directora del proyecto, asegura que “es una tecnología en pleno desarrollo y para la que contamos con recursos humanos, laboratorios, institutos de formación y empresas desarrolladoras como para enfrentar el desafío exitosamente. Se está trabajando con vistas a empezar a producir el SoC en dos años”. Sus potenciales clientes son las empresas fabricantes de equipos electrónicos de consumo y comunicaciones, sobre todo genéricos.

En la lista, que no es exhaustiva, un lugar destacado es para Arsat, una empresa del Estado que lleva adelante varios proyectos fundamentales para el desarrollo tecnológico nacional. Uno de ellos es la gestión de un gigantesco datacenter en el que se pueden almacenar enormes cantidades de información y que funciona como sistema de contingencia para los servicios críticos del Estado. También es el encargado de gestionar, a través de la empresa Libre.ar, el 25 por ciento de las frecuencias de 3G, las cuáles permanecen en manos del Estado. Además están, por supuesto, los tres satélites de comunicaciones que desarrolla junto con Invap y que antes se importaban completos. Esta última empresa del Estado es además la responsable de diseñar y construir los radares que controlan el espacio aéreo agentino.

Todos estos desarrollos solían estar bajo el control de empresas privadas, en su mayoría extranjeras. Pese a que se diga lo contrario, la Argentina no es sólo un lugar de ensamblaje de partes fabricadas en el exterior. Sólo un puñado de países puede construir centrales atómicas o satélites: entre ellos está la Argentina. Y nada permite suponer que estemos genéticamente impedidos de producir otras piezas tecnológicas que faciliten la independencia sobre las comunicaciones propias.

Si bien se avanza, el camino para controlar la cadena tecnológica completa de las comunicaciones es muy largo. ¿Y mientras tanto? ¿Hay que resignarse? En realidad hay dos herramientas claves que pueden, en el corto plazo, dar cierto control sobre la información. En primer lugar el uso del software libre, es decir, de programas de código abierto que muestren lo que hacen con la información que se les entrega. El software privativo, en cambio, funciona como una caja negra en la que se introduce la información y se obtiene algo, pero no se sabe qué pasa en el medio. Ya no resulta paranoico suponer que hay puertas traseras en los programas para permitir el acceso de sus desarrolladores cada vez que lo deseen. Pero con eso no alcanza, porque el espionaje también se puede hacer a través del hardware. Frente a eso existe la posibilidad de encriptar las comunicaciones, es decir, de que cada dato se puede codificar con una clave para hacerlo prácticamente inviolable.

Y en materia de software la Argentina está bien parada. Esta industria, se calcula, facturará USD 3.750 millones y exportará por USD 900 millones en 2013. Y el futuro es aún más promisorio: Conectar Igualdad es el programa más masivo del mundo para la incorporación de estudiantes en el mundo digital y cada vez más pone el énfasis en el software libre, sobre todo a partir de la incorporación de Huayra Linux como su sistema operativo. El desarrollo masivo de conocimiento en informática seguramente impactará en la industria en los próximos años.

En resumen, no hay ninguna garantía de soberanía tecnológica. Ni siquiera para países de gran desarrollo como Alemania, cuyo canciller tenía el celular pinchado. Parafraseando un aforismo conocido, podemos decir que la soberanía no es un destino, sino una forma de viajar. Va con copia a Obama.

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