Las imágenes son inéditas, casi surreales: Nicolás Maduro, escoltado por agentes armados, camina con paso lento hacia un helicóptero en Caracas tras una operación militar estadounidense que sacudió los cimientos del chavismo. Horas después, ya en Manhattan, es trasladado en un vehículo blindado hasta el Tribunal Federal del Bajo Manhattan, donde enfrenta cargos de narcoterrorismo, tráfico de cocaína y alianzas con cárteles y grupos armados. A sus 63 años, el hasta hace poco todopoderoso líder venezolano —junto a su esposa, Cilia Flores— podría pasar el resto de su vida tras las rejas si un jurado lo declara culpable, una posibilidad que contempla penas de 30 años a cadena perpetua.

Su comparecencia ante el juez Alvin Hellerstein, un magistrado de larga trayectoria y ya protagonista de casos de alto voltaje como los de Trump, marcará el inicio de un juicio histórico: no solo por la gravedad de los delitos, sino por el modo en que fue capturado: en pleno corazón de su país, en medio de bombardeos, comandos y una flota naval, en una operación que muchos describen como un derrocamiento encubierto. Mientras tanto, en Caracas, Delcy Rodríguez —exnúmero dos de Maduro— asume el mando como presidenta interina y señala que está “lista para cooperar” con Washington, abriendo la puerta a la inversión estadounidense en el oro negro venezolano. Trump, desde el Air Force One, lo dejó claro: “Estados Unidos está a cargo”. La caída de Maduro no es solo la de un hombre: es el fin de una era y el comienzo de una nueva era de influencia norteamericana en la región.

