El inicio de las sesiones extraordinarias de 2026 dibuja un escenario inédito para el gobierno de Javier Milei: por primera vez desde su asunción, el Congreso dejó de representar un obstáculo institucional y se transformó en un espacio donde el oficialismo logra construir mayorías circunstanciales para avanzar en reformas estructurales. Sin embargo, esta «primavera política» contrasta con indicadores económicos que señalan un panorama complejo, generando una tensión entre el ritmo legislativo y la realidad productiva del país.
Tras dos años marcados por una minoría parlamentaria que obligaba a La Libertad Avanza a buscar aliados para blindar vetos, el panorama actual muestra una reconfiguración de fuerzas. En el Senado, la aprobación de la reforma laboral con 42 votos a favor evidenció la capacidad del oficialismo para articular apoyos con el PRO, la UCR y bloques provinciales. En Diputados, la media sanción del régimen penal juvenil —con 149 votos afirmativos— reforzó esta tendencia. La estrategia se basó en introducir modificaciones accesorias al texto original que funcionaron como moneda de cambio, preservando intactos los ejes centrales de las iniciativas: nuevos cálculos de indemnizaciones, bancos de horas, flexibilización de vacaciones y el Fondo de Asistencia Laboral.
Este pragmatismo legislativo no responde a un cambio ideológico del Ejecutivo, sino a una lectura estratégica del nuevo mapa político post-elecciones. Con el peronismo fragmentado —el interbloque Popular enfrenta la posible salida de Convicción Federal, que analiza separarse tras discrepancias en la votación del Presupuesto y la reforma laboral— y con bloques minoritarios decidiendo el rumbo de las votaciones, el oficialismo encontró en gobernadores dialoguistas y partidos tradicionales aliados circunstanciales. La paradoja: la UCR emitió un comunicado en contra de la reforma laboral, pero sus senadores votaron a favor; el PRO reclamó incluir a las fintech en el pago de salarios, pero aceptó su exclusión del texto final.
Mientras el poder legislativo se allana, la economía emite señales de alerta. La inflación de enero alcanzó el 2,9%, su nivel más alto en diez meses, en un contexto donde los salarios registrados cerraron 2025 con una caída real superior al 2%. El indicador más preocupante proviene del sector industrial: el uso de la capacidad instalada descendió al 53,8% en diciembre, el valor más bajo en 21 meses, lo que refleja un ocio productivo que contradice las expectativas de reactivación. Paralelamente, el Merval retrocedió a mínimos de tres meses y el riesgo país superó nuevamente los 500 puntos, aunque operadores atribuyen parte de la volatilidad a turbulencias internacionales.
Este escenario genera una pregunta crucial: ¿cuán duraderos serán los acuerdos parlamentarios si la economía no muestra signos de recuperación? Encuestas recientes revelan que el 70% de los argentinos percibe un empeoramiento o estancamiento de su situación económica, mientras que el 60% proyecta que los próximos seis meses serán igual o más difíciles. Para sectores empresariales como la UIA, la ecuación es clara: sin reactivación del consumo y crecimiento sostenido, el programa económico enfrenta riesgos de agotamiento.
El gobierno apuesta a aprovechar esta ventana de oportunidad legislativa para acelerar reformas pendientes: la modificación del sistema electoral —con el objetivo de eliminar definitivamente las PASO—, la ley de Glaciares, el tratado Mercosur-Unión Europea y el acuerdo comercial bilateral con Estados Unidos. Pero la sostenibilidad de esta arquitectura política depende de un factor externo al Congreso: la capacidad de la economía para generar empleo, contener la inflación y reactivar la producción.
El desafío de Milei ya no es domesticar al Parlamento —lo logró transitoriamente— sino evitar que la economía discipline su agenda. En democracia, los acuerdos políticos suelen ser tan sólidos como el termómetro económico que los sustenta. Y en ese frente, el invierno aún no termina.
fuente. Ambito web/SLO

