Un estudio desarrolla cómo los vínculos negativos se asocian con mayores niveles de inflamación, depresión, ansiedad y carga de enfermedades crónicas
Hasta ahora, se había estudiado mucho la relación entre la soledad no deseada y el envejecimiento acelerado. Sin embargo, para Byungkyu Lee, profesor del departamento de Sociología de la Universidad de Nueva York y autor principal del estudio, estos hallazgos sirven para desplazar la atención desde los beneficios de las relaciones de apoyo hacia los costes para la salud de las relaciones tóxicas. “Gran parte de la literatura científica se ha centrado en el apoyo social como un factor protector, pero nuestros resultados sugieren que los vínculos negativos también pueden integrarse biológicamente, especialmente cuando implican a personas que son centrales en la vida cotidiana”, explica.
Para Consuelo Borrás, líder del grupo de investigación MiniAging del Instituto de Investigación Sanitaria INCLIVA y autora de 100 años no es nada (La esfera de los libros, 2026) los resultados de la investigación son “sólidos” y esta viene a reivindicar la importancia de las relaciones sociales como pilar de envejecimiento saludable, tan importante como la alimentación, el ejercicio o el sueño. “Lo que hace especialmente valioso este trabajo es que mide el envejecimiento biológico con relojes epigenéticos basados en la metilación del ADN. Es el primer estudio en cuantificar con esta precisión el efecto específico de las relaciones tóxicas sobre el envejecimiento biológico”, argumenta.
El estrés como motor de envejecimiento
En 2009, la bioquímica australiana Elizabeth Helen Blackburn recibió el Premio Nobel de Medicina (compartido con Carol Greider y Jack Szostak) por el descubrimiento de la telomerasa, una enzima que añade ADN a los extremos de los cromosomas (telómeros), protegiéndolos de la degradación durante la división celular, y que juega un papel fundamental en el envejecimiento celular y el desarrollo del cáncer. Cinco años antes, como recuerda José Viña, catedrático de Fisiología de la Universitat de València, Blackburn había liderado una investigación que demostraba cómo el estrés vital percibido aceleraba el acortamiento de los telómeros. Ese mecanismo, precisamente, según el autor de La ciencia de la longevidad (Sinequanon, 2025), es el que se podría esconder tras esta relación entre personas tóxicas y envejecimiento acelerado.
Su opinión la comparte Byungkyu Lee, que apunta a que las relaciones difíciles pueden generar una tensión repetida y un desgaste emocional que mantienen activados los sistemas de respuesta al estrés del cuerpo a lo largo del tiempo. “Cuando esto ocurre de forma repetida, puede afectar a la inflamación, la función inmunitaria, el sueño y otros sistemas fisiológicos estrechamente relacionados con el envejecimiento”, subraya el investigador.
Una reflexión que secunda también Consuelo Borrás, que destaca que ese estrés sostenido promueve un estado de inflamación sistémica de bajo grado, el conocido como inflammaging, que es uno de los sellos distintivos del envejecimiento. “El propio estudio encuentra niveles más elevados de proteína C reactiva en personas con más relaciones tóxicas, una inflamación crónica que altera los patrones de metilación del ADN y deja una huella molecular detectable en nuestro epigenoma”, añade.
Lo curioso de los resultados del estudio es que los familiares cercanos tóxicos (el padre, la madre, el hermano, los hijos o el cuñado) o los no familiares tóxicos como jefes o compañeros de trabajo, muestran un impacto sobre la edad biológica que, sin embargo, no manifiesta una pareja tóxica. Para Borrás, una posible explicación a esta aparente contradicción se encuentra en las relaciones en sí. De una pareja tóxica, te puedes separar. Sin embargo, es más difícil divorciarse de unos padres, de unos hijos o de un jefe. “La relación conflictiva con un familiar es más crónica, más difícil de evitar y, sobre todo, más ambivalente, al combinar la obligación emocional y el vínculo afectivo con el conflicto. El estudio muestra precisamente que las relaciones ambivalentes son más dañinas que las exclusivamente negativas. Esa combinación de proximidad obligada y tensión sostenida parece generar un estrés particularmente tóxico”, argumenta.
Para Byungkyu Lee, por su parte, otra explicación podría encontrarse en el hecho de que las relaciones de pareja suelen combinar interacciones negativas y positivas de maneras diferentes a otros vínculos. “Un cónyuge que te genera problemas también suele ser alguien con quien compartes rutinas diarias, recursos e intimidad emocional, lo que puede compensar el patrón que observamos”, sugiere.
Esa compensación del impacto causado por personas tóxicas, coinciden todos los expertos consultados, también se puede conseguir con una buena red de relaciones positivas y con unos buenos vínculos de apoyo. “Nuestros hallazgos sugieren que el equilibrio global de la red social de una persona importa, por lo que contar con un círculo más amplio de personas de apoyo puede ayudar a compensar parte de la tensión generada por personas conflictivas”, sostiene Byungkyu Lee.
“Se sabe que el apoyo social positivo reduce los niveles de estrés y modula la respuesta inflamatoria, es decir, actúa sobre las mismas vías biológicas que las relaciones tóxicas, pero en dirección opuesta”, añade por su parte Consuelo Borrás, para quien, si no se puede escapar de una relación tóxica, “es fundamental invertir en fortalecer relaciones positivas”. También, apunta José Viña, en aprender a gestionar emocionalmente el estrés: “Si puede, aléjese de esa persona tóxica. Y si no se puede alejar porque, por ejemplo, es su padre, no se enfade e intente controlar el estrés”.
En lo que también coinciden los investigadores es en la importancia de no caer en el tremendismo. Los resultados de este estudio no pueden sintetizarse, por ejemplo, en un “mejor solo que mal acompañado”. Y es que la soledad no deseada, recuerdan, es un factor de riesgo bien establecido para el envejecimiento acelerado, la demencia, la enfermedad cardiovascular y la mortalidad prematura. “Lo que sí nos dice este estudio es que no vale cualquier compañía. Una red pequeña pero positiva puede ser mucho más protectora que una red grande plagada de relaciones tóxicas. Ni la soledad ni la mala compañía son buenas; lo que protege es la calidad del vínculo, no su mera existencia”, concluye Consuelo Borrás.

