Los desafíos de la docencia universitaria

Los docentes universitarios tenemos enormes desafíos por delante. Estos desafíos son de orden político, cultural y social, y no se circunscriben al estricto y restringido ámbito universitario.

 

La forma de abordar y comprender estos desafíos entiendo que dependerá, en gran parte, de si a la hora de hacerlo prevalecen aspectos identitarios de un colectivo universitario que se autopercibe como una elite o por caso, de un conjunto de trabajadores que se piensa transformador, con derechos y responsabilidades pero sin privilegios. Esto es clave.

El desafío mayor para quien suscribe, es encarar una nueva reforma universitaria. La Reforma del 18 declaró y combatió formas repugnantes del ejercicio del poder, discrecional y autoritaria, en el ámbito académico. Permitió pasar de la letra a los hechos, a una restructuración de las instituciones universitarias y conformó y consolidó por un tiempo una condena por parte de la comunidad universitarias a formas de opresión y discrecionalidad.

Los logros desde el 18 a la actualidad son enormes. Sin embargo, principalmente desde los 90, se consolidaron en las universidades nacionales de Argentina, formas de trabajo, de organización y de pensamiento del poder y del saber que nos llevan 100 años hacia atrás.

Un ejemplo, tomando como caso a la Universidad Nacional de San Luis, pero que también lo es de muchas otras, es que mientras las comisiones de los cuerpos colegiados que atienden, resuelven, diagraman y proponen políticas en cuestiones académicas del grado, reglamento y presupuesto son miembros de un cuerpo colegiado, elegidos por sus pares en elecciones directas, las comisiones de ciencia y técnica (CAI), la de posgrado y la de extensión, son elegidas por méritos y experiencia, no por el voto directo. Es decir que por reducción al absurdo uno podría suponer que para hacer políticas de grado y aprobar y controlar el presupuesto de la universidad no hacen falta méritos especiales, basta con ser elegido por los compañeros de trabajo.

Hemos naturalizado, en desmedro de la participación democrática, que en las universidades coexisten los aspectos democráticos y los meritocráticos. Se ha aceptado que es inevitable que coexistan. Lo que sugiero es inadmisible y se encuentra en la misma línea de la reforma del 18. Es decir, el mérito no debería tener peso en la toma de decisiones. Este es un desafío.

Otro desafío vigente, al menos en la UNSL y en el cual no me detendré esta vez, es abandonar el concepto, la estructura y la lógica de facultades. Esto ha llevado a una concepción y un ejercicio de funciones desde una concepción feudal, restrictiva, sectorial. El funcionamiento en facultades ha condicionado y concentrado las decisiones en una sola persona. Esto no suma a la democratización de la universidad.

Un desafío que se puede sumar a los anteriores, es pensar en formas de funcionamiento que eviten someter un trabajador a otro trabajador. Es imperioso llevarlo al punto de lo inevitable. Este punto me exige, a falta de recursos literarios para expresarlo directamente, recurrir a un ejemplo. Un docente (A) toma licencia por estudio y el Área decide con la anuencia de ese docente que (B) lo reemplazará. El docente que reemplaza comienza a trabajar dando el curso desde agosto. Luego, en el próximo año, (B) deberá iniciar en marzo nuevamente con las clases del curso, que es anual. El docente (B) es semiexclusivo, pero al reemplazar a (A) trabajará como exclusivo. La Facultad le pagará por su trabajo “nuevo” y “extra” en marzo. No recibirá retribución económica desde agosto a febrero, cuando en realidad trabajó como exclusivo. Lo anterior se combina con el hecho de que el Área está conminada por la Facultad a darle solución a un problema, que no es del Área, es de la institución. Los docentes del área se convierten actualmente en administrativos y gestores ad honorem, al mismo tiempo que resuelven problemas institucionales y además, aun con las mejores intenciones, comprometen el patrimonio, la salud, los tiempos, los ingresos de otro compañero.

Sin embargo, el mayor desafío entiendo, que tendremos que enfrentar los trabajadores universitarios y que considero medular a la hora de pensar una nueva reforma universitaria, es repensar, debatir y actuar para una reformulación de la concepción de la autonomía universitaria. No es un tema sencillo, existen múltiples visiones, pero pensarse transformador de una realidad que incomoda también requiere abordar los temas más espinosos. Sobre el tema me explayaré en otra oportunidad.

Sobre todos estos desafíos y otros que probablemente ustedes tienen en mente me hago una pregunta incómoda, que entiendo nos interpela y que quiere salir cuanto antes de la retórica: ¿cuáles de nuestros actuales privilegios, concepciones y hábitos estamos dispuestos a reconsiderar en pos de la plena democratización del saber y el poder?

Antonio Mangione

Docente UNSL

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