Los talleres y el fútbol hacen pasar la condena en La Botija

El Complejo Penitenciario Nº 2 Pampa de las Salinas ofrece actividades a los internos para reinsertarlos en la sociedad.

Con insistencia, un interno pelado, con tatuajes y corpulento agarraba un balde y juntaba el agua que podía de un charco que se había formado en el costado derecho de la cancha. Su apellido era Novillo y era el arquero del pabellón D módulo 1. En La Botija, las lluvias son poco comunes. Pero aquel jueves llovía a cántaros. Otros privados de la libertad habían traído unos secadores. Allí la tierra es arcillosa, rojiza y con rápida absorción, pero de poco servía. La lluvia insistía. Cuando los internos parecían comenzar a ganar la batalla, otra vez el agua cayó con fuerza. Aquel era el último partido de un torneo entre pabellones organizado por el área de deportes del Servicio Penitenciario. La pasión por el fútbol pudo más que las inclemencias del tiempo. En el patio que quedaba entre ambos pabellones, la pelota se largó. Mientras otros se mantenían ocupados en diversos talleres laborales.

En el Complejo Penitenciario de Mediana y Máxima Seguridad de Pampa de Las Salinas, la pelota pesa más. Los presos encuentran allí una dispersión entre el encierro obtenido por los crímenes cometidos, en un predio de 42 hectáreas que queda a 210 kilómetros de la capital provincial y que tiene como asentamiento más cercano un paraje con un puñado de habitantes. “La pelota tiene dos cueros. Con uno solo, las rosetas la pinchan en el acto”, explicó Juan “Johny” Campos, a cargo del área de Deportes de la Penitenciaría.

El partido, aquel jueves 20, tenía el sonido ambiente de las gotas chocando contra el tinglado de pasillos y salas comunes. Cada acceso tenía por los menos dos guardias, uno de ellos con un gran manojo de llaves. Al menos en tres oportunidades, se preguntó por la identidad de los enviados de El Diario de la República, en diversas puertas. La cancha quedaba en un espacio verde, en forma de triángulo, entre dos pabellones. Solamente tenía los dos arcos de referencia. No había ni gradas, ni otro tipo de estructura deportiva. El cerco olímpico que lo cubría estaba más tenso que los de una cancha de fútbol 5 y apenas dejaba el espacio de un dedo a través de él.

Aquel jueves era especial en más de un sentido para los internos. No solo se jugaba la final entre Pabellón D y el Pabellón B. Dos horas antes, minutos antes de las diez, había asumido José Luis Pérez como nuevo jefe de la penitenciaria. Pérez hasta ese día se desempeñaba como subjefe del Servicio Penitenciario Nº 1, en la capital. En su discurso inicial, Pérez se limitó a aceptar el cargo de su predecesor y tras la lectura de un breve decreto a cargo de una de las agentes del servicio, expresó “El que tenga franco, que siga de franco, el que tenga servicio que siga en el servicio” ante 40 subalternos, que con un sonoro “sí señor” cerraron la ceremonia. Allí el sol picaba como lo suele hacer en el norte provincial. Dos horas más tarde, la lluvia y el gris cubrirían el predio. “Pampa de las Salinas es un establecimiento carcelario de avanzada, en comparación a el resto del país”, aseguró Pérez, quien informó que actualmente alojan a 210 internos por distintos delitos, “excepto por drogas”, aclaró.

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El partido, quizás por la lluvia, carecía de definición. El equipo con casacas rojas del Pabellón D, módulo 1, llevaba la delantera. Un volante era foco de todas las miradas. Petiso y rapado, esquivaba charcos y jugadores azules, del Pabellón B, módulo 1. Su apellido era González Bustos y luego sería coronado jugador de la “temporada”.

La lluvia comenzaba a amainar en el segundo de los dos tiempos de 40 minutos. Y allí el equipo rojo pegó el cachetazo. Primero un gol que empezó con una jugada de mitad de cancha y luego otros tres del volante intratable. Cada cambio en el marcador era festejado de fondo por uno de los pabellones. El partido llegaría a su fin, cuando la tormenta dejaba el predio. Posteriormente, el área de deportes entregó los trofeos al equipo campeón y los mejores jugadores. También los diplomas por haber completado el primer año y el curso completo de árbitros. En esos 40 minutos los presos se habían dado el gusto mundano de jugar bajo la lluvia. Apenas finalizó la ceremonia, debieron volver a las celdas a cumplir su condena.

“El 90% de los internos participan de las actividades acá. El balance de este año es muy positivo, hemos finalizado el año sin ningún conflicto. Nos sentimos orgullosos del trabajo que hacemos día a día y agradecidos a los internos y el personal penitenciario que nos dio el apoyo para realizar las actividades”, afirmó Campos, que dijo que buscarán implementar más deportes el próximo año en el complejo. “El deporte es un derecho que además de hacerle bien a lo físico, mejora mucho sus relaciones interpersonales y baja los niveles de agresividad”, aseguró.

Cocina y carpintería

Mientras el partido se desarrollaba, en la cocina preparaban la comida hecha por y para los internos y agentes del servicio. El menú del día era puchero con fideos, papa, zapallo, zanahoria y carne. Uno de ellos llevaba en un carro metálico una decena de tapers hacía las celdas, que en vez de barrotes tenían unas persianas metálicas rígidas, por la que los internos se asomaban. Parte de las verduras que allí se comían y el pan, eran de producción propia. Los talleres de panadería y carpintería quedan puertas adentro, en el edificio de Servicios Generales, mientras que la granja penal y herrería quedan en uno de los patios exteriores del complejo.

La mayoría de los presos se limitaban a saludar y mirar a lo lejos. Algunos pedían no salir en cámara. El panadero se animó a decir unas palabras. “Hacemos pan, tortitas, facturas, y cuando hay actos, pizzas, pan de viena y para los sanguches. Somos dos los que estamos acá. Pedimos laborterapia porque es un beneficio que podemos tener. Aparte lo necesitamos para poder ingresar de vuelta a la sociedad. Ayuda un montón para que vea la familia, la sociedad afuera, que estamos trabajando”, resumió Miguel Langoni.

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El taller de mayor actividad era sin dudas el de carpintería. Actualmente está a cargo del oficial Emiliano Videla, quien contó que aquel día trabajaban 11 internos, pero que el taller ha llegado a tener 30 asistentes. De calesitas de madera a mesa, sillas y hasta puertas, también contaban con una computadora para ver nuevos diseños y muebles para elaborar. “Los días se le hacen más leves. Cuando salen, siguen haciéndolos”, reflexionó Videla.

Si uno va hacia el patio exterior a los pabellones, que cuenta con dos cercos perimetrales y torres de vigilancia, nota en primer lugar cabras y ovejas pastando. Al lado del primer cerco perimetral, había chiqueros para 10 cerdas y sus crías. Y entre el primer y el segundo cerco, se veían cultivos que Alberto Reina, jefe de guardia de la granja, contó que estaban hace un año e incluían maíz, zapallo, lechuga, tomate, ajo, lechuga y sorgo. Ya habían cosechado papa, ajo y cebolla. “Lo hicimos ahí por las cabras, se comen todo”, explicó sobre la población caprina que llega a los 70 ejemplares. Su guano era usado para fertilizar los cultivos.

En cambio, el corral para las 140 gallinas era un tanto improvisado. Los viejos departamentos de la empresa constructora a cargo fueron reutilizados. “Todo lo que producimos se lleva al sector de logística que lo usa para el consumo de los internos y el personal”, explicó. “Hoy trabajan ocho internos. Tienen periodo de prueba, si se adaptan bien siguen trabajando, si no los mando adentro”, dijo el penitenciario, que en el Complejo Nº 1 desempeñó la misma función por 12 años.

Otros internos que se mantenían ocupados eran los de herrería. En total eran 12 y fabricaban sillones, canastos, parrillas. “Se les enseña a doblar el hierro, todo es artesanal lo que se hace acá. Recién empiezan a soldar a partir de los tres meses”, detalló Óscar Moreno, a cargo del taller, quien dijo que están de las 8 de la mañana a las 17:30. “Se vende al personal o cuando hay exhibiciones en algún lugar como en el Parque de las Naciones. El precio es mucho menor que en la calle. Ellos se quedan con casi todo el monto y el 5% va para el taller materiales y pintura. Tienen una salida laboral casi inmediata y les viene como anillo al dedo”, resumió.

Así, con algo de suspicacia de una parte de la sociedad que considera que los condenados solo deben cumplir su pena y la necesidad del estado de buscar estrategias para incluirlos, unos 50 reclusos de una población de 210 encuentran un poco de libertad mientras juegan al fútbol, cultivan y fabrican muebles.

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