Un día como hoy moría, luego de una atroz agonía, el «Señor de las Ideas»

Juan Crisóstomo Lafinur

El siguiente texto fue publicado por el Profesor José Villegas en sus redes sociales, nos pareció oportuno publicar su pensamiento sobre Juan Crisóstomo Lafinur.Villegas es bibliotecario, historiador, docente y escritor. Presidente del Centro de Estudios del Pensamiento Americano (CEPA), miembro de la Fundación de Investigación Social Argentina Latinoamericana (FISAL) y vice-presidente del Centro de Estudios del Federalismo del Interior “Gobernador José Santos Ortiz” (CEFI).

¨Muerte Asesina, Absurda, Inoportuna.

Doloroso es marcharse cuando la propia voluntad no lo decide. Y, aunque en Chile los tiempos y los hombres lo trataron mejor, Juan Crisóstomo no pudo continuar más allá de su propio designio aquella obra sublime para la que estaba hecho. Indudablemente, su máxima virtud era la no vacilación frente a la adversidad, y aunque en la intimidad más absoluta (como en el caso de “La Obligación y el Amor”), a veces mostrara su humanidad desnuda y lacerada, aquel hijo de La Carolina jamás claudicó en sus ideas, ni en sus sentimientos y pasiones obsesivas.

El filósofo piensa y duda, hasta que decide, y su opción fueron siempre las cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado.
El visionario soñando en el devenir, se angustia y sufre el presente, porque puede, don de pocos, ver más allá, porque por eso mismo siente la incomprensión y la infamia a flor de piel, siente que le pesa la reacción de los intolerantes, de los fanáticos y de los perversos que lo atormentan desde los púlpitos, los estrados, los banquetes de la oligarquía, los despachos del pusilánime poder político y, desde las cátedras donde vuelve a instalarse la enseñanza que atrasa mentes, que calla bocas e infunde la sujeción, el terror y la culpa.

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Historiador José Villegas

Doloroso es tener que pagar el vil precio por haber laicizado la enseñanza, por haber osado romper barreras seculares, por haberse declarado partidario del libre examen, y por haber vivido intensamente una vida pública y privada sin ataduras ni prejuicios, con el desparpajo hedonista de los filósofos transgresores, con el tremendo e incondicional amor que profesó a sus amigos y sus mujeres, a sus discípulos, ideas y principios.

Se marchaba Juan Crisóstomo tras la Cordillera, donde lo esperaba el reconocimiento de los que saben admirar a los genios, de los que disfrutan del disenso aun en las discusiones bizantinas, de los que entienden que se puede admirar a un joven-hombre impregnado de talento, aquel que podía ejecutar piezas de Mozart tan brillantemente como escribir versos eróticos a “Ella en el baño”, o dar una cátedra sobre las sensaciones, y sostener con indisimulada soberbia que sólo el conocimiento hace libres a los hombres.

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Sin embargo, la muerte, esa muerte no natural, esa muerte dudosa, se llevó demasiado temprano, tras la agonía, al prodigio de La Carolina.

El 13 de agosto de 1824 moría en Chile días después de caer de su caballo “accidentalmente” Juan Crisóstomo Lafinur, el puntano de la vida efímera, pero de la gloria eterna; aquel a quien Víctor Hugo hubiera hecho su amigo y, sin dudas, Moreno su discípulo¨.