
Andrés Vallone (Analista Político y Consultor)
Por momentos, la Argentina parece atrapada en un fenómeno psicológico colectivo: la disonancia cognitiva. Ese estado en el que se piensa una cosa, pero se elige otra; se reclama moderación, pero se vota confrontación; se exige diálogo, pero se premia la pelea. Lo ocurrido ayer en el Congreso de la Nación Argentina, durante la apertura de sesiones ordinarias encabezada por el presidente Javier Milei, no fue una sorpresa. Fue, en todo caso, la consecuencia lógica de una decisión democrática.
El tono crispado, las formas desafiantes y la reafirmación de un discurso binario no deberían escandalizar a nadie. Milei no engañó a sus votantes. Su campaña fue frontal, disruptiva, confrontativa. Prometió dinamitar el statu quo, tensionar el sistema político y pararse sin matices frente a “la casta”. Y eso es exactamente lo que hizo ayer. Lo que vimos no fue un exabrupto aislado: fue coherencia política.
Sin embargo, una parte del electorado —incluso sectores que lo acompañaron— hoy manifiesta incomodidad frente a las formas. Se critica el exceso verbal, la falta de templanza, la dificultad para construir puentes. Pero ahí aparece la contradicción: se votó a un liderazgo que hizo de la confrontación su identidad central. Pretender ahora moderación estructural es desconocer el contrato simbólico que se firmó en las urnas.
La sociedad argentina lleva años reclamando consensos, acuerdos básicos y una dirigencia menos pendular. Pero al momento de elegir, las opciones que proponían equilibrio, gradualismo o síntesis quedaron relegadas. Las alternativas del medio —aquellas que hablaban de diálogo, racionalidad y convivencia democrática— no lograron enamorar a un electorado agotado y emocionalmente saturado. En un contexto de crisis económica persistente, la paciencia social fue reemplazada por la urgencia.
La grieta no es solo una construcción de la dirigencia; es una demanda emocional de la sociedad. Polarizar simplifica. Ordena el caos en dos bandos claros. Ofrece identidad, pertenencia y un enemigo reconocible. En tiempos de incertidumbre, eso seduce más que los matices. La moderación exige complejidad; la polarización ofrece certezas.
La escena de ayer en el Congreso no fue la causa del clima político: fue su síntoma. Argentina eligió intensidad antes que equilibrio, ruptura antes que transición. Y mientras el discurso público se mantenga atravesado por la lógica amigo-enemigo, cada gesto altisonante será celebrado por unos y repudiado por otros, reforzando el mismo círculo que se dice querer superar.
Tal vez el verdadero debate no sea sobre las formas del Presidente, sino sobre la coherencia del electorado. Si el pueblo argentino aspira a una política menos agresiva, deberá empezar por premiar liderazgos que encarnen esa cultura. Hasta entonces, la disonancia cognitiva colectiva seguirá marcando el pulso de una democracia que dice querer paz, pero vota confrontación.

