Por el Lic. Fernando Rodríguez Luiz
En la reciente edición del programa «Las Cosas Son Como Son», nos propusimos desgranar los hilos invisibles que sostienen —o desgarran— el tejido social de nuestra provincia y el país. En un contexto de ajuste e incertidumbre, la realidad se impone más allá de los discursos oficiales, revelando fracturas profundas tanto en nuestras instituciones educativas como en la economía del hogar.

El apagón de la educación superior
Recientemente, participamos de la jornada “La universidad no se apaga” con una clase pública en la Plaza Pringles. Esta imagen del “apagón” no es solo una metáfora; es una descripción cruda de lo que sucede cuando el desfinanciamiento golpea las áreas operativas, los comedores, las becas y, fundamentalmente, la investigación.
Hoy asistimos a una sangría de profesionales. Con salarios docentes que han sufrido un deterioro del 60% desde el inicio de la actual gestión nacional, muchos investigadores y profesores optan por el sector privado o el exterior. Se pierden así años de proyectos tecnológicos y capital social que no se miden simplemente en un título, sino en la capacidad de respuesta que la universidad le da a la sociedad frente a sus problemáticas más urgentes.
La universidad pública en San Luis cumple, además, un rol de inserción social vital. En un mercado laboral precarizado, donde las trayectorias de los jóvenes son fragmentadas y erráticas, la educación superior ofrece un espacio de pertenencia y formación de identidad que el sistema productivo hoy les niega.
La trampa de las estadísticas: ¿Cuánto ganamos realmente?
Uno de los puntos que más resonó en nuestra charla fue la brecha entre los datos estadísticos y el «bolsillo» de la gente. A menudo se habla de «ingresos promedio», pero el promedio es una ficción que oculta la desigualdad: si una persona gana un millón y medio y tres ganan quinientos mil, el promedio dirá que todos están bien, cuando la realidad es otra.
Para entender la verdadera trama social, debemos mirar la mediana de ingresos. Según los datos analizados, el punto que divide a la población argentina indica que el 50% de las personas con ingresos gana menos de $450.000. Este número es alarmante cuando se lo contrasta con una canasta básica que no deja de subir, situando a la mitad de los trabajadores en una zona de vulnerabilidad extrema.
El fenómeno del «trabajador pobre»
Estamos siendo testigos de un fenómeno sociológico doloroso: el trabajador pobre. Se trata de personas que cumplen jornadas de 8 horas o más, que están insertas en el sistema, pero que aun así no logran cubrir sus necesidades básicas. Esta realidad explica por qué el 75% de los puntanos siente un perjuicio directo de la inflación en su economía diaria, independientemente de lo que dicten los índices oficiales.
El ajuste actual, lejos de ser una cirugía precisa sobre «la casta», está operando de manera indiscriminada sobre el paciente. Si el objetivo es transformar el modelo de sociedad, debemos preguntarnos: ¿a qué costo humano y social lo estamos haciendo? No se puede construir un futuro sobre el desmantelamiento de la ciencia y la condena a la pobreza de quienes, trabajando, ya no llegan a fin de mes.
Desde La Trama Social, seguiremos analizando estos datos para que la realidad no quede sepultada bajo el ruido de la política, y para recordar que, detrás de cada estadística, hay un proyecto de vida que lucha por no apagarse.